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Piedad Bonnett 29 Dic 2012 - 11:00 pm

El tiempo pasa

Piedad Bonnett

Todavía recuerdo el estremecimiento de pavor que me recorrió cuando por primera vez vislumbré la noción de eternidad.

Por: Piedad Bonnett
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No tenía más de siete años y en mi cabeza esa palabra se representó como una extensión oscura, un mar o un cielo aterradoramente negros, cuya peculiaridad era que no tenían bordes u orillas. Muy probablemente en mi imaginación eternidad y muerte significaron desde aquel día una sola cosa. Lo que sí es seguro es que la niña que era empezaba ya a tener conciencia del paso del tiempo, algo que la infancia temprana ignora. Es decir, que empezaba a sentirlo vagamente como lo que es: una posibilidad y una amenaza.

Es esa conciencia del paso del tiempo lo que sin duda hace tan inquietante el treinta y uno de diciembre, esa fecha que, más allá de señalar un hecho astronómico, convertimos en un símbolo que nos lleva a hacer balances: a echar una mirada al pasado y a hacer planes para el futuro. Que una buena parte de la humanidad esté en vilo esperando las doce campanadas para celebrar con abrazos, risas y lágrimas un ciclo que termina y otro que empieza, demuestra que el tiempo no es una construcción mental, como piensan ciertos filósofos, sino una realidad indefinible que nos supera y nos sobrecoge. Y esa celebración tiene tanto de hermoso como de desconcertante: de hermoso, porque lo que impulsa la euforia es un afán de renovación personal, una fe, consciente o inconsciente, en el porvenir y un deseo de festejar que la vida sigue. Y desconcertante, porque en el fondo sabemos que después de ese tiempo vacío que es el primero de enero, volveremos a dejarnos arrastrar por la rutina, olvidando nuestros propósitos; que en Bogotá volverán lentamente los mendigos a sus esquinas, y los trancones, y el caos y la inseguridad; y en Colombia tendremos los mismos escándalos, y el mismo procurador, y los mismos con las mismas, y etcétera, etcétera. Un mundo que pareciera no cambiar.

La medianoche del treinta y uno tiene, sin embargo, la virtud de volver a plantearnos el problema del tiempo, y de lo que haremos con él. Hacer: esa palabra definitiva, que se convirtió en imperativo desde el momento en que el hombre descubrió el valor práctico de las horas y los minutos, y optó por un mundo dinámico, en perpetua mutación, que ha ido incrementando la velocidad del diario vivir hasta niveles asfixiantes, impelido por la consigna de la productividad. Y que nos ha hecho olvidar los placeres de la lentitud y del dolce far niente, y sentirnos culpables cuando no estamos dedicados a trabajar, trabajar y trabajar. Y yo me pregunto, a las puertas del nuevo año, si es imposible buscar un equilibrio entre lentitud y velocidad. Personalmente, lo que quisiera para mí en 2013 es lentitud: tiempo para una sobremesa, para estar con los que quiero, para leer y escribir, para caminar o para hacer lo mismo que el poeta Giovanni Quessep: sentarme, cuando me dé la gana, a ver pasar las nubes. Y, sin embargo, sé que lo que necesitamos en el país es velocidad y eficiencia; que los que nos gobiernan aceleren el ritmo de tantas cosas que así lo necesitan: las reformas a la salud, al agro, a la educación; y que con celeridad reconstruyan nuestras carreteras, ataquen la corrupción, y busquen acabar con nuestras inequidades.

El paso de un año a otro propicia el optimismo. Nos hace soñar, por ejemplo, con que el gobierno del presidente Santos se saldrá con la suya y llegará a un acuerdo de paz con las Farc. Si sólo eso se cumpliera, el treinta y uno de diciembre de 2013 podríamos todos alzar nuestras copas y brindar por el tiempo, que todo lo puede.

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