Por: Juan David Ochoa

El trono vacío

Ratzinger renuncia al trono.

El informe oficial, que en el mundo de la diplomacia y de los protocolos, tiene la misma credibilidad de una falacia entera, argumenta su abandono por razones de salud y de cansancio físico. Un argumento frívolo y superfluo en un contexto que parece hablar por el papado mismo en la estridencia evolutiva del escándalo.

La atención universal a una figura irrisoria no produce tanto espanto como el discurso acomodado de los clérigos que aparecen nuevamente en noticieros y entrevistas a fungir de lo que nunca han hecho bien o nunca han hecho; argumentar. De nuevo vuelven, sobre sus aires sacrosantos, a explicar la trascendencia de la decisión, y tildan de humildad y ejemplo de nobleza su abandono, ensalzándolo en la mermelada extensa de los adjetivos. Si hubiera resistido Ratzinger, en cambio, hasta la muerte, sus discursos ante el show de las exequias serían los mismos que suelen leer en la experticia del elogio. Acomodados nuevamente a los contextos, sin manchar el infalible orgullo del cadáver, dirían que su vida fue un ejemplo de inmensa resistencia y valentía, de poderío espiritual que resistió las pequeñeces físicas de la vejez y los ataques de la crítica inconforme, como lo hicieron ya con el mediático Wojtyla.

Es natural este cinismo en una religión que ha cimentado su historia en un lenguaje nebuloso, acostumbrada a dibujar su elevación entre conceptos abstrusos, experta en explicar contradicciones con el As bajo la manga que revelan cuando todas las opciones retóricas se extinguen: “Designios inescrutables”, responden, y sonríen al ver la abdicación de los hambrientos de cordura y de respuestas lógicas. Así concluyen y evaden toda crítica, así procuran acabar toda polémica. Lo han hecho desde el tiempo en que el converso Pablo recorría los linderos de Occidente, repitiendo puerta a puerta un evangelio saturado de caprichos.

Pero la historia habla y hablará por este Papa que abdicó en el tiempo y protagonizó los últimos niveles del atrevimiento. El mismo que resucitó la niebla medieval en la caducidad del vaticano, el mismo que afianzó la sordidez de la homofobia, la inconcebible misoginia y el antisemitismo, el mismo que ofendió las religiones alternas sin rubor y persiguió los pragmatismos sociales de Leonardo Boff y John Sobrino, (los teólogos de la liberación que siguen siendo segregados por los dientes de la infalibilidad). El mismo, que en la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe, sordo ante la culpa y el juicio, permitió que el monstruo de la pedofilia acaparara el mundo.

No fue un papa “cristiano” ni ejemplar, no fue excelso, ni augusto, ni sublime, como repite el coro de sus súbditos. Ninguno lo ha sido esta institución de sangre y avaricia que en sus siglos y siglos de arribismo se jactó de enmudecer el pensamiento libre y la diversidad.

Joseph Ratzinger ahora entra, como su estirpe de vicarios turbios, al largo historial de la verguenza.

Buscar columnista

Últimas Columnas de Juan David Ochoa