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Eduardo Barajas Sandoval 18 Feb 2013 - 11:00 pm

El turno que ya pasó

Eduardo Barajas Sandoval

Tal vez la mejor obra de Benedicto XVI, a los ojos del mundo, termine siendo su retiro, porque es un ejemplo de honestidad y de auténtica renunciación a condiciones, privilegios y poderes, a los que otros se hubieran querido aferrar.

Por: Eduardo Barajas Sandoval
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El jefe de la Iglesia Católica hubiese podido seguir ahí, amarrado a la silla de San Pedro, sin inmutarse ante sus propias debilidades, causándole a su comunidad el daño irreparable de gobernarla con precariedad, dejando unos cuántos problemas sin resolver y cerrando el paso a un nuevo comienzo, con las energías renovadoras de alguien que tome el mando justamente en momentos de dificultad.

Sería injusto a todas luces atribuir a un mandato de ocho años todos los defectos acumulados a lo largo de dos milenios por una institución de cubrimiento tan amplio, fácil de criticar por las falencias de uno u otro de sus miembros, todos integrantes de la especie humana, con sus virtudes y desperfectos. Lo mismo que sería iluso esperar que en el mismo tiempo, y de un tajo, un teólogo octogenario fuese capaz de corregirlo todo, o de frenar la inercia de los ataques que desde tantos ángulos, a veces justamente y en las más con sevicia innecesaria, se hacen contra una organización tan grande y amplia, a la que es muy fácil embestir.

El juicio de la historia dirá si el Cardenal Ratzinger obró con la suficiente diligencia ante las acusaciones reiteradas de abuso de algunos miembros del clero frente a personas indefensas que ahora claman por justicia. Algo que seguramente sucede y habrá sucedido en muchas organizaciones humanas, solo que en el caso de las otras no se ha denunciado, porque no se trata de aquellas que tienen por oficio proclamar y reclamar caminos de perfección moral.

Pero también el juicio de la historia tendrá que hacer justicia con un hombre que supo reconocer que, a sus ochenta y cinco años, no consideraba adecuado seguir en un oficio tan exigente como el de dirigir la corporación más grande del mundo, que no pide solamente un arreglador de problemas sino un visionario con suficiente sentido histórico para continuar con una misión universal compleja, llena también de realizaciones que de alguna manera la han hecho trascender, por encima de los imperios más osados, y prestar servicios invaluables a la humanidad. Así muchos, en su efervescencia anticlerical, o por su militancia en otras causas, no lo quieran aceptar.

La idea de retirarse del todo y desaparecer de la vista pública para encerrarse a orar, no puede ser más sabia y sensata. Eso es apenas digno de un teólogo y de un pensador, que ha sabido hacerse a un lado para dejar, con la generosidad debida, que otro tome el mando y oriente a la Iglesia como le parezca, sin pedirle instrucciones, salvo las que por allá en secreto puedan ser necesarias, y para que ordene con efectiva libertad lo que tenga que ordenar.

Además de sus hechos, que culminan con su renuncia, Benedicto deja también no pocos mensajes, unos más afortunados que otros. Pero esencialmente, y aparte de los circunstanciales de declaraciones de prensa, que no podían ser más mal interpretadas, de su reinado queda la huella de cuatro encíclicas que pocos parecen haber leído, porque suena de buen tono no ocuparse de leer documentos que no provienen de una autoridad con fuerza coercitiva, capaz de castigar a quien no le ponga atención.

Una mirada a los mensajes papales muestra un interés y una maestría indiscutibles en el manejo de asuntos del espíritu, que pueden servir a la reflexión de los cristianos del Siglo XXI para avanzar en el camino de su fe. Pero también aparecen allí elementos mundanos de gran utilidad, como la condena de fenómenos contemporáneos como el desenfreno del abuso de las modalidades de acción del capitalismo, que llevado al extremo de su lógica puede causar tantos males a los más vulnerables dentro de la sociedad. Y no se trata de un mensaje de aquellos fáciles de reprochar por una militancia política, sino hechos desde la ecuanimidad de un poder de índole espiritual.

Para terminar, de una cosa puede estar seguro el sucesor del Papa saliente: Benedicto no esperará que haga lo que él no pudo hacer, ni saldrá lleno de nostalgia a reprocharlo por no haber seguido la cartilla que le haya dejado en el escritorio papal. Tampoco recorrerá el mundo reclamando que le sigan llamando Papa y mucho menos proclamando que, después de haberse ido, es quien tiene la razón. Esas añoranzas del poder, que se pueden convertir en un lastre para su propia Iglesia, no saldrán a la luz si en verdad Ratzinger es un hombre de la talla que ha demostrado con su dimisión, que hacia el futuro dejaría una lección adicional: el que se va, se va.

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