Por: Felipe Zuleta Lleras

El Twitter y los mocos

NO SOY ADICTO A LAS REDES SOCIAles por cuanto no tengo el tiempo para hacerlo y a veces me aburren, aun cuando entiendo que son un instrumento del siglo XXI que resulta invaluable para el trabajo de un periodista o cualquier otra persona que quiera estar informada sobre lo que acontece segundo a segundo.

Tal vez la más rápida es Twitter, por su inmediatez. Es allí en donde nos enteramos de cuanto nos interesa ya que encontramos de todo como en botica, según decían en sus tiempos los abuelos.

No es un misterio que, por ejemplo, la noticia hoy en día es un derecho de todos, es decir que tiene el importante valor de la inmediatez. El que se encuentra en el lugar adecuado en el momento propicio es quien cuenta la noticia (privilegio del que llega primero), pues registra el hecho tomando una simple foto o haciendo un breve relato de tan sólo 140 caracteres. Tan es eso revolucionario que no conozco periodista que no tenga una cuenta en Twitter. Tal vez hay unas pocas excepciones. Alguna vez le oí al maestro Juan Gossaín que los que no tenían esta herramienta eran los analfabetas de este siglo. Y Juan no tiene Twitter y de analfabeta no tiene nada. Dedica su tiempo a leer y a escribir unas crónicas magistrales.

Twitter es útil sin lugar a dudas, pero (y tiene un pero grande) también es utilizado por mucha gente para verter allí toda la mierda que puedan. Insultan y amenazan.

Alguna vez algún colega de Caracol Noticias me preguntó qué pensaba yo de Twitter y le dije que más valía un insulto en la red que una bala en el cuerpo. Y de verdad así lo creo. Pero también estoy convencido de que quien abre y alimenta una cuenta de estas, tampoco tiene la obligación de mamarse los insultos. Y por eso existe la posibilidad de bloquear. Siendo una cuenta de Twitter un acto voluntario, tampoco es una correlativa obligación tener como seguidores a quien a uno no le dé la gana. Es como la casa de uno a la que sólo deja entrar a quien de verdad quiere invitar. Al amigo, al conocido de golpe. Pero nunca al vergajo que llega a vomitarse encima de los tapetes y a sacarse los mocos para pegarlos en las paredes.

Y esto no tiene que ver con intolerancia; es un asunto de respeto mutuo. Si usted va a mi casa quiero hacerlo sentir bien, tratarlo como se merece. Pero por supuesto que sí lo recibo y usted resulta un rufián tengo el derecho de sacarlo. Tan simple como esto.

Cuento entre quienes me siguen con más de 78.000 personas, de las cuales el 99,99% son amables y respetuosas. Y a ellas les agradezco y espero que las cosas que escribo les sean útiles. En cuanto al mínimo porcentaje de gurrupletas que ofenden, no son bienvenidos y les sugiero que limpien sus odios y se saquen sus inmundicias en otro lado, pues en lo que a mí respecta me daré el placer de bloquearlos, pues esos mocos no son bienvenidos en mi cuenta, como no es bienvenido a mi hogar el que se suena con las servilletas o escupe en el piso. ¡Así de franco y fácil!

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