Por: Columnista invitado

El último marica

Con las tijeras en la mano, el peluquero me dijo: -Estoy de acuerdo con lo que afirmó en televisión sobre las mentalidades incluyentes-, procedió a peluquearme mientras explicaba-. Tengo 60 años y me reconocí homosexual desde niño, pero ahora, debo decirle, que me siento excluido de la sigla LGBTI, porque los de mi época nos identificábamos con la palabra castiza marica y no con el anglicismo gay que, francamente, me suena snob y arribista…

-No es anglicismo -aclaré-, es provenzal, lengua romance muy cercana al español.

-Usted se ubica en tiempos de la Gaya Ciencia –alegó- cuando la expresión gay era sinónimo de alegría, pero yo hablo del significado que nos endilgaron los hippies maricones en los 60. 

Hablaba y al enfatizar sus ideas apuraba el tijereteo sobre mi pelo. –Mis lecturas fueron y son escritores como García Lorca, la pareja Verlain y Rimbaud… todos maricas confesos, para quienes la expresión que los realizaba era su obra, no su sexualidad…

La verdad, era delicado y preciso en su oficio, así que, obviando su filuda herramienta, me atreví a discutirle: -Óscar Wilde, en “El retrato de Dorian Gray”, habla del gay asociado a lo que él mismo era: un dandi victoriano, quienes hacían de su apariencia un arte, como las actuales Drag Queen, más expresionistas, menos pudorosos.

Entendió que yo no era ajeno a su tema y aportó: -El poeta Whitman se reconoció fag y debió protegerse de la amenaza inquisidora “faggest”. Hoy el gringo Trump y el colombiano Ordoñez rezarían: “God hates fags” (Dios odia a los maricas).

Suspendió el trabajo, ostentó con vanidad su atuendo y declaró: Soy tan mujer como hombre, pero me encanta la ropa varonil. Soy una rareza.

Le sugiero –insistí- valorar las reivindicaciones logradas por el movimiento LGBTI, cuyas luchas a favor de la libertad de expresión y del derecho a elegir cada cual su identidad sexual transformado la Constitución de varios países nos han educado sobre el respeto a las diferencias, lo cual implica a todos los discriminados, marginados y estigmatizados del mundo. -Procuré hablar despacio y calmado, porque ya estaba demarcando el corte con la navaja-.

Paró el oficio y preguntó: -A todas estas, no le he preguntado ¿Usted cómo se identifica?-

-Andrógino- contesté con seriedad, pero él se arqueó en una carcajada contagiosa. Acomodó mi peinado con sus manos, de modo tan agradable como una caricia.

Terminó diciendo: -Recuérdeme como el último marica.

* Alberto López de Mesa, arquitecto y habitante de calle.

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