Por: Andrés Hoyos

El vacío

Nadie sabe qué va a pasar en Venezuela, y el que diga lo contrario, delira. Lo que sí se puede hacer es plantear interrogantes.

El principal cambio allí es que Chávez, bueno o malo, ya no está: ahora está el vacío de su ausencia. Precisando, antes estaban Chávez y el chavismo, ahora sólo queda este último. Concuerdo con quienes dicen que el chavismo gravitará por muchos años sobre Venezuela y la prueba de ello es el tamaño colosal de la masa que salió a despedir al caudillo. Venezuela, por lo tanto, nunca volverá a ser igual, pero —¡ojo!— no sólo no será como era en 1998, sino que tampoco podrá volver a ser como fue bajo los 14 años de Chávez.

Los chavistas quemaron las naves al embalsamar a su ídolo y alentar la leyenda, forjando un símbolo de inmovilidad. Según eso, cualquier intento serio de cambio de rumbo sería recibido por la gran masa chavista con el grito de ¡traición! Se sabe, bien que mal, lo que el país debe hacer en materia económica (con dudas sobre el ritmo), pero no se sabe cómo se vende eso a un pueblo enardecido por la idolatría. Así que Maduro tendrá que continuar con el modelo actual, sobre el cual caben dos posibilidades: o es muy bueno y tendrá éxito, gústele a quien le guste, o es malo y tarde o temprano enfrentará obstáculos insalvables. ¿En qué consiste este modelo? En tener mucho dinero en los cofres del Estado, cortesía del subsuelo, y gastarlo a manos llenas, con pocas cortapisas y sin rendir cuentas a nadie, dando una importante tajada a los pobres y otra a los grupos de poder que van surgiendo de la descomposición política del país, por ejemplo, a la familia Chávez. El otro elemento fundamental del modelo consiste en apelar todo el tiempo a la polarización para animar a la masa y satanizar a los críticos, en particular a quienes piden cuentas. Torturando un poco la palabra, el chavismo es una ideología, lo que no es en ningún caso es socialismo.

El problema para el chavismo hoy no es ganar las elecciones. Eso parece fácil. Otro cantar es evitar el daño potencial que puede causar el poder en quien lo ejerce. Piénsese en una de las paradojas de Chávez: el fracaso del golpe de Estado de 1992 lo salvó. De haber tenido éxito entonces, su carrera hubiera terminado muy mal.

Pienso que se exagera sobre el mal momento de la oposición venezolana, aunque sospecho que los chances de Capriles el 14 de abril son bajos. Sería, sí, un grave error caer en un inmediatismo ansioso; es mejor darles tiempo a las cosas. La primera opción de hacer algo significativo vendrá en la mitad del mandato de Maduro, cuando se abre la posibilidad de revocarlo si le ha ido muy mal. De lo contrario, la gran apuesta vendría en 2018.

Mi opinión es que, sentimentalismos aparte, el modelo que deja Chávez es malo y tendrá problemas pronto. El caudillo —y lo he dicho varias veces antes— nunca me gustó, así tenga que reconocer el arraigo de su figura en Venezuela e incluso en algunos sectores de otros países, no tanto en Colombia. Tampoco me gusta el chavismo, cuyo único paralelo histórico claro, el peronismo —una ideología incoherente y antidemocrática— no augura nada bueno. Le reconozco por último a Chávez que su forma de torear sin consecuencias irreparables a Estados Unidos ha servido para archivar viejos miedos.

En cuanto al proceso de paz en Colombia, no creo que vaya a sufrir: Maduro tiene demasiados problemas locales como para medírsele a lidiar con una guerrilla activa en su frontera.

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