Por: Julián López de Mesa Samudio

El valor de la decencia

Los hombres se parecen más a su tiempo que a sus padres. Proverbio Árabe.

EN 2002 LA PALABRA CLAVE ERA “SEguridad”; ocho años más tarde es “decencia”.

Hace ocho años la palabra “seguridad” encerraba una gran variedad de resentimientos y de anhelos insatisfechos; hoy la palabra “decencia” tiene un significado tan vago como la palabra “seguridad” hace ocho años y encierra igualmente una serie de frustraciones y deseos de porvenir. Hace ocho años, como hoy, se pide cambio. En 2002 el motor de cambio estuvo constituido por adultos independientes, quizá la primera generación dirigencial de los llamados “tecnócratas”; buena parte de quienes enarbolan hoy en día la bandera de la decencia ni siquiera podían votar hace ocho años.

Hoy, como entonces, el motor es la fe. En 2002 la fe fundió indisolublemente a nuestro actual presidente con el anhelo de seguridad. La fe de muchos lo sostuvo durante todo este tiempo y lo sostendrá en sus almas por muchos años más —de esto ya se ha escrito suficiente y no es mi intención profundizar aquí acerca del mesianismo político—. ¿Y ahora, qué persiguen aquellos que claman por la decencia?

Ante todo se trata de un profundo rechazo a los monstruosos subproductos que trajo consigo la decisión de 2002, los cuales, sin embargo, se exageran o minimizan dependiendo del discurso. Como siempre, este tipo de oposiciones dialécticas son fútiles, por lo que considero que el clamor por la decencia, aparejada a una de las actuales opciones, contiene unas connotaciones algo más esenciales. Creo que aquellos que piden decencia lo que verdaderamente quieren decir es que el fin no justifica los medios y que, sin importar qué tan loable sea un fin, ni cuánto éxito se tenga alcanzándolo, si la forma implica un actuar ruin y vergonzoso, el resultado pierde todo su valor.

Más aún: intuyo que el reclamo no sólo va dirigido al Gobierno actual (y esto explicaría la pasión con la que se ha abrazado esta nueva fe). El clamor va dirigido a todos aquellos dirigentes, en todos los ámbitos de nuestra sociedad —desde gerentes de empresas a rectores de universidad— para quienes salirse con la suya es sinónimo de tener la razón; para quienes no existen otros principios y valores que los que da un sentido superficial de legalidad; quienes no aceptan responsabilidad por sus actos sin mediar orden de autoridad judicial, pues se amparan en los recovecos de la ley para descargar el peso de su conciencia y el fardo de su culpa. El fenómeno es tan interesante, que independientemente del ulterior resultado se debe hacer hoy una reflexión profunda acerca de aquello que se reclama como decencia: un valor antiguo, conservador, vetusto e ignorado para los principios de la reingeniería y la filosofía empresarial que se han adueñado del mundo y de nuestro medio.

Empero, lo fundamental de este fenómeno es que son los jóvenes quienes gritan “¡Decencia!”. Y han sido ellos quienes han arrastrado a otras generaciones a la reflexión. Creo que nunca en nuestra historia republicana —pero puedo estar equivocado— la juventud ha sido tan independiente en sus decisiones políticas, y no creo recordar otra ocasión en que ha demostrado tan patente y contundentemente su poder real.

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