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Rodolfo Arango 10 Jul 2013 - 11:08 pm

El valor de la hipocresía

Rodolfo Arango

Esta semana el expresidente Uribe sorprendió a todos en reunión del Centro Democrático.

Por: Rodolfo Arango
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El otrora mandatario manifestó que ellos no son “enemigos de la paz, sino de que se construya como se viene haciendo”. Sugirió a los precandidatos uribistas Holmes, Zuluaga, Vélez y Santos que de volver a la Presidencia no suspendieran el diálogo con las Farc en La Habana, sino que condicionaran su continuidad a “que haya un cese de las actividades criminales, verificable”.

Se trata de una buena noticia. El uribismo se montó al tren del proceso de paz. Sólo que quiere imponerle sus propias condiciones. Nostalgia de poder presidencial. El ala política más recalcitrante, adversa a hablar con la subversión, ahora, al vaivén de las encuestas que favorecen el proceso, se manifiesta a su favor. Pese a no parecer sincera la adhesión, más bien propiciada por los guarismos electorales, se trata de un giro de 180 grados. El sector que oxigenaba políticamente a los ejércitos antirrestitución acepta, por primera vez, el actual diálogo con las Farc.

La importancia del viraje uribista no es poca. Criminalizar las actividades y no a los actores permite reconocer al adversario, darle el estatus político necesario para llegar a un acuerdo entre antagonistas. De lo contrario, la descalificación lleva a la negación y ésta a la violencia. Una Constitución fruto de un pacto de paz no exige que los actores compartan los contenidos constitucionales; basta que actúen “como si” los compartieran. En esto radica el valor civilizatorio de la hipocresía: hasta al dictador más arbitrario le resulta eficaz simular respeto a los derechos humanos de sus víctimas.

Todo lo anterior no exculpa el grave error de apreciación del exmandatario. Condicionar los diálogos a la verificación del cese de hostilidades es “caguanizar” el proceso de paz. Paradojas de la historia: Uribe que tanto fustigó a Pastrana y creció electoralmente a hombros del desprestigio del Caguán, añora ahora las condiciones de esa malhadada experiencia. Leída entre líneas, la manifestación preelectoral de Uribe sugiere que su intención no es tanto contribuir al éxito del proceso sino minimizar los costos políticos de oponerse a él. Nunca antes se había avanzado tanto en los acuerdos con las Farc, aunque el acicate para las partes sea el injusto sufrimiento causado a millones de inocentes por los actores armados.

Con el uribismo a bordo y la Unión Patriótica como partido político reconstituido, el proceso de paz se encamina a un final feliz. La meta plantea un reto mayor: no repetir la historia del genocidio a la UP. Por cercanas y difusas que sean las fronteras entre la subversión y la movilización política, es fundamental aprender a sancionar penalmente los actos y no estigmatizar a las personas. Por eso eran y siguen siendo tan dignos quienes murieron defendiendo sus ideas de transformación social pese al riesgo de muerte. Quienes se atrevieron a soñar un país justo y en paz en tiempos tan injustos y violentos son hoy ejemplo de perseverancia y compromiso. Quizás aprendamos todos a escuchar la voz de esta dolorosa experiencia; a deponer los odios; a dar argumentos y no tiros; y a simular el respeto a las ideas ajenas, así no se compartan, mediante la sujeción democrática a la ley.

  • Rodolfo Arango | Elespectador.com

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