Por: Juan Carlos Botero

El viejo y el coronel

Un día de los primeros de 1957, un joven escritor de la Costa Atlántica colombiana le puso punto final a un manuscrito en una ciudad inhóspita. Era en París, y el bulto de papel que lucía tan pocos aires de solemnidad como su propio creador, un muchacho de 29 marzos, pobre y flaco, fue amarrado con una corbata de colores para que no se lo llevara el viento. Meses más tarde, caminando sin rumbo por la capital francesa, el joven distinguió a un señor bastante mayor y bastante más corpulento que andaba en la acera opuesta de la calle. 24 años después, aquel muchacho recordaría ese momento como si no hubiera transcurrido un instante en los armarios de su memoria:

“Lo reconocí de pronto, paseando con su esposa, Mary Welsh, por el bulevar de Saint Michel, en París, un día de la lluviosa primavera de 1957. Caminaba por la acera opuesta en dirección del jardín de Luxemburgo y llevaba unos pantalones de vaquero muy usados, una camisa de cuadros escoceses y una gorra de pelotero. Lo único que no parecía suyo eran los lentes de armadura metálica, redondos y minúsculos, que le daban un aire de abuelo prematuro. Había cumplido 59 años, y era enorme y demasiado visible, pero no daba la impresión de fortaleza brutal que sin duda él hubiera deseado, porque tenía las caderas estrechas y las piernas un poco escuálidas sobre sus bastos zapatos de leñador. Parecía tan vivo entre los puestos de libros usados y el torrente juvenil de la Sorbona, que era imposible imaginarse que le faltaban apenas cuatro años para morir”.

“Por una fracción de segundo (como me ha ocurrido siempre) me encontré dividido entre mis dos oficios rivales. No sabía si hacerle una entrevista de prensa o sólo atravesar la avenida para expresarle mi admiración sin reservas. Para ambos propósitos, sin embargo, había el mismo inconveniente grande: yo hablaba desde entonces el mismo inglés rudimentario que seguí hablando siempre, y no estaba muy seguro de su español de torero. De modo que no hice ninguna de las dos cosas que hubieran podido estropear aquel instante, sino que me puse las manos en bocina, como Tarzán en la selva, y grité de una acera a otra: «Maeeeestro». Ernest Hemingway comprendió de inmediato que no podía haber otro maestro entre la muchedumbre de estudiantes, y se volvió con la mano en alto, y me gritó en castellano con una voz un tanto pueril: «Adioooós, amigo»”.

En seguida Gabriel García Márquez concluye con inocultable tristeza: “Fue la única vez que lo vi”.

Con seguridad, y sin que ninguno de los dos autores lo supiera nunca, el comunicarse de una acera a otra en la primavera de 1957 era sólo la cristalización en sonido de un diálogo silencioso emprendido años atrás. En efecto, cuando García Márquez terminó ese manuscrito, durante aquel período de creación el diálogo entre él y su maestro, Ernest Hemingway, alcanzó su máxima elocuencia y su mayor intimidad. No obstante, la intensa comunicación no se dio entre los autores, sino entre sus obras. Aquel bulto de papel sujeto con una corbata era El coronel no tiene quien le escriba, y su modelo e interlocutor era El viejo y el mar.

La Feria del Libro es una buena ocasión para leer novedades, pero también lo es para releer las obras maestras, y estas dos novelas cortas y perfectas jamás han defraudado a sus lectores.

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