Por: Hugo Sabogal

El vino y los papas

Hace unas pocas semanas conocí en Bogotá al enólogo español José Manuel Pérez Ovejas, perteneciente a una familia de reconocidos viñateros de la Ribera del Duero, donde se gestan algunos de los mejores vinos españoles.

Hace unas pocas semanas conocí en Bogotá al enólogo español José Manuel Pérez Ovejas, perteneciente a una familia de reconocidos viñateros de la Ribera del Duero, donde se gestan algunos de los mejores vinos españoles.

Los distintas ejemplares elaborados por Pérez Ovejas para Viña Pedrosa –su bodega familiar– son impecables: desde el menos ambicioso hasta el más complejo. Entre estos últimos destaca el Viña Pedrosa Gran Reserva, que tuvo como fiel seguidor al Papa Juan Pablo II, quien no sólo lo utilizaba para celebrar la misa de gallo, sino que lo servía en la cena de Navidad.

El vino y la religión católica han estado unidos intrincadamente y la verdad es que, sin la activa participación de la Iglesia, el vino hubiera corrido una suerte muy distinta en nuestra civilización.

A propósito de la anterior anécdota con el Juan Pablo II y de la Navidad que se avecina, es oportuno rememorar el encantamiento de algunos altos prelados católicos con el vino.

La afición papal alcanzó uno de sus puntos más altos entre 1309 y 1377, cuando siete papas residieron en la hoy localidad francesa de Aviñón, situada en una histórica zona productora de vinos, que data desde la colonización greco-romana del Mediterráneo occidental. La cercanía de los viñedos y la abundancia de vino en la zona convirtieron a la residencia pontificia en un verdadero centro de promoción.. y de consumo.

Un completo trabajo realizado por el Centro de Información de Provenza y Marsella corre el velo detrás del cual se esconde la pasión de algunos papas por el vino, sus gustos particulares y, desde luego, sus excesos.

La corte papal de Avignon –establecida allí para alejarse del caos político romano– podía consumir en una sola semana más de 10.000 litros de vino, lo que daba un promedio diario de dos litros y medio por persona. Era una enormidad.

El primer papa en instalarse en Avignon fue Clemente V, oriundo de Burdeos. Antes de partir hacia Aviñón, allí dejó un viñedo y una bodega que más tarde se convertirían en el Château Pape Clément, un aclamado Grand Cru Classé, todavía vigente. Aunque prefería los vinos de su tierra, es decir, los bordeleses, Clemente V ordenó cultivar viñedos en Aviñón.

Su sucesor,  Juan XXII, era más aficionado a los vinos de la vecina Borgoña, pero también estimuló la producción de parras en los alrededores de Aviñón. Fue él quien ordenó la construcción del Palacio de los Papas, en Châteauneuf du Pape (que traduce, literalmente, “el nuevo castillo del papa), hoy una de las principales denominaciones de origen de Francia.

Otro gran aficionado fue Clemente VI, quien exigió servir durante su coronación unos 160.000 litros de vino en el recinto pontificio, además de montar fuentes de vino para los pobladores, en distintos puntos de la ciudad.

La estrechísima relación de los papas con el vino de Aviñón se ilustra, igualmente, con una decisión de Inocencio VI, quien cambió las fechas de una tradicional procesión religiosa para no interferir con la cosecha de uva.

Y el Papa Urbano V fracasó en su intento de devolver el papado a Roma cuando sus acompañantes rehusaron acompañarlo porque, según Petrarca, habían caído presa de los vinos blancos de Beaune, en Borgoña.

Finalmente, Gregorio XI, quien restituyó el papado en Roma, se aficionó al Muscat (un vino blanco y dulce) de manera tan intensa, que, según algunos autores de la época, nombraba cardenales si recibía un fino Muscat de regalo. O sea, el capelo por una copa.

Buscar columnista

Últimas Columnas de Hugo Sabogal