Por: Elisabeth Ungar Bleier

Elecciones y (pos)conflicto

En las elecciones de marzo de 2014 los colombianos elegiremos un nuevo Congreso. Estos comicios tienen un significado y una importancia especiales por las circunstancias políticas que vive el país.

Por un lado, está en marcha el proceso de negociaciones entre el Gobierno y las Farc, marcado por una gran incertidumbre y muchos interrogantes, pero también por grandes expectativas frente a las implicaciones de las decisiones que allí se adopten.

De otra parte, la campaña electoral seguramente estará enmarcada por fuertes confrontaciones políticas e ideológicas entre los defensores del Gobierno por un lado y diversas expresiones de oposición muy diferentes y contradictorias entre sí, que van desde el llamado Centro Democrático liderado por el expresidente Álvaro Uribe, hasta fuerzas como el Polo Democrático, la Marcha Patriótica e incluso —posiblemente— representantes de la guerrilla. Pero también por las acciones de actores criminales de origen diverso, interesados en perturbar el normal desarrollo de las elecciones o en incidir en sus resultados, como ya sucedió en el pasado. A esto se suma el hecho de que diferentes fuerzas políticas minoritarias se estarán jugando su supervivencia, la cual dependerá de su capacidad de obtener cerca de 450.000 votos, equivalentes al umbral del tres por ciento que establece la ley y que algunas de estas colectividades aprobaron hace unos años en el Congreso. Entre ellas se encuentran el MIRA, el Partido Verde, los Progresistas, Acción Ciudadana, ASI y eventualmente el Polo y Cambio Radical, para quienes las perspectivas son inciertas.

Vista desde afuera, la proliferación de fuerzas en la competencia política podría interpretarse como una muestra de pluralismo, que es uno de los pilares de los regímenes democráticos, en la medida en que permite que se expresen y tengan representación política diferentes sectores e intereses de la sociedad. Pero infortunadamente Colombia también ha sido producto de una gran atomización partidista, divisiones internas y un excesivo protagonismo y dependencia de sus dirigentes, a lo que en algunos casos se suma la ausencia de propuestas programáticas diferenciadoras y que respondan a las realidades del país. Adicionalmente, evidencia el daño resultante de la creación de alianzas y coaliciones suprapartidistas, como el Partido de la U, y más recientemente la Unidad Nacional, en las que pareciera primar el afán de obtener votos y puestos burocráticos sobre un proyecto de país de largo plazo.

De prosperar los diálogos de paz en La Habana, el Congreso que se elija en 2014 será el escenario en el que se debatirá y definirá el marco normativo para el posconflicto. De ahí la importancia de garantizar que los próximos comicios se desarrollen en un contexto que les dé plenas garantías a todos los partidos y movimientos políticos y les provea protección a los candidatos y a los electores para ejercer el derecho a ser elegidos y elegidos. Una participación masiva y sin presiones allanará el camino a la construcción de la paz. Unas elecciones en medio de la guerra serán un obstáculo insalvable para alcanzarla.

 

*Elisabeth Ungar Bleier** Directora ejecutiva, Transparencia por Colombia.

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