Por: Carolina Botero Cabrera

Elecciones y tecnología en tiempos de Trump

Si la democracia es el mejor sistema político, y las elecciones son un pilar, ¿La estamos protegiendo suficiente de los fraudes que son posibles con la tecnología?

Mientras Trump se posesiona les recomiendo “Cómo hackear las elecciones presidenciales de los EEUU en tres cómodos pasos”. Allí, Marta Peirano recuenta aprendizajes y resultados de la auditoría realizada por expertos de la Universidad de Michigan al sistema electoral gringo. Entre otras cosas, cuenta que identificaron tres formas de hackear unas elecciones: (1) alterar los resultados electorales; (2) impedir el voto con ataques de denegación de servicios que generarían largas colas y caos; o (3) impedir que cuenten los votos. Agrega una cuarta que no es un hackeo tecnológico sino social: intervención política, es decir, producir información que arruine las posibilidades de un candidato.

Dice que la auditoría demostró que la existencia del voto electrónico y la forma como se hace el conteo pueden usarse para alterar los resultados hackeando tan solo algunas máquinas en Estados claves. Muestra también que es difícil de detectar y, por las disposiciones legales, difícil de cuestionar y probar. Los problemas del voto electrónico se han discutido extensamente (por ejemplo en Holanda, Alemania o Francia). De hecho, recientemente lograron frenarlo en Argentina porque, mientras se discutía en el Congreso, un experto en seguridad demostró vulnerabilidades (dando razón a los activistas y arriesgándose a una pena de prisión).

Pero la salud de nuestras democracias se ve todavía más débil cuando nos enfrentamos a la cuarta forma, la de intervención política. Esta es la que vimos materializarse en el Brexit de UK, en el plebiscito por la paz colombiano o en las recientes votaciones en EE. UU. La desinformación, las noticias falsas, los bots, etcétera, que buscan que la gente “salga a votar berraca” (no informada) son ejemplos de esta forma de intervención en política que veremos cada vez más.

Las nuevas posibilidades de hacer fraudes electorales representan nuevos retos y obligan a pensar en adoptar la tecnología con cautela y controles. También obliga a prepararnos, a no confiar ciegamente en la tecnología, a aprender a ser críticos y a desarrollar estas capacidades como parte de la alfabetización digital de la ciudadanía del siglo XXI.

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