Por: Ricardo Bada

Elemental, querido Borges

Hace 125 años (y seis días), el 1º de diciembre de 1887, se publicó en Londres Un estudio en escarlata, la primera aventura de Sherlock Holmes.

No creo exagerar si afirmo que él es el patriarca de quien descienden todas las novelas policiales aparecidas desde entonces, arrebatándole la primogenitura al detective de los cuentos de Edgar Allan Poe, monsieur C. Auguste Dupin, al que adelantó por la derecha, como mandan las reglas del tráfico inglés. Y por si necesitaran una prueba, programen ustedes el nombre de su creador, sir Arthur Conan Doyle, en la mejor máquina de búsqueda cinematográfica, www.imdb.com, y encontrarán nada menos que 235 películas y juegos de video con Sherlock como protagonista. Una cifra tan aplastante que, con toda seguridad, detenta el récord absoluto en la materia.

A mí, lector avezado de sus aventuras, entretanto casi me atrae más toda la literatura parásita que ha surgido en torno a él. Muy en especial una novelita casi insignificante, The Private Life of Sherlock Holmes, de Michael y Mollie Hardwick, que despertó la curiosidad de Billy Wilder y le inspiró una obra menor, pero maestra, como casi todas las suyas. Y también me interesa la biografía de Nero Wolfe, otro gran detective clásico, por William S. Baring-Gould, quien demuestra, con datos conjeturados a la manera del gran maestro inglés, que Wolfe es hijo de Holmes. Y asimismo me interesan las antologías con cuentos de autores de nuestros días donde el inquilino del 211B de Baker Street comparte protagonismo con personajes de las obras de Lovecraft (Shadows over Baker Street) o de Kipling (The Adventures of the Great Detective in India and Tibet), o donde recrean las atmósferas típicas de los relatos del Dr. Watson enriqueciendo el canon con libros como The Mammoth Book of New Sherlock Holmes Stories, o la novela The Giant Rat of Sumatra.

Pero en honor a la verdad lo que más me apasiona es que Sherlock haya inspirado un poema impagable de Borges en Los conjurados. Ya la primera estrofa es una joya: “No salió de una madre ni supo de mayores. / Idéntico es el caso de Adán y de Quijano. / Está hecho de azar. Inmediato o cercano / lo rigen los vaivenes de variables lectores”. Siguen diez perlas, y la última estrofa es un broche de esmeraldas: “Pensar de tarde en tarde en Sherlock Holmes es una / de las buenas costumbres que nos quedan. La muerte / y la siesta son otras. También es nuestra suerte / convalecer en un jardín o mirar la luna”.

Ese poema es tal maravilla que siento la tentación de decirlo: Conan Doyle inventó a Sherlock Holmes sólo para que un argentino le escribiera semejante epitafio. Elemental, querido Borges.

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