Por: Oscar Guardiola-Rivera

Elogio de los insultos

Cuando se escriba la historia de la literatura y el pensamiento contemporáneo en las Américas, el juicio de los críticos tendrá como objeto el tratamiento dado por la escritura literaria y filosófica a la subjetividad occidental. Dos palabras definen dicho tratamiento: depresión y rabia.

“La subjetividad occidental está furiosa y deprimida”, observó en el mejor ensayo de este año Franco Berardi, quien para explicarse cita al norteamericano Jonathan Franzen: “La gente vino aquí por libertad o dinero. Si no tienes dinero, te aferras a tus libertades de manera aún más furiosa. Aun si fumar te mata, aun si no puedes alimentar a tus hijos, aun si les disparan maniáticos armados con rifles de asalto. Puedes ser pobre pero lo único que nadie puede quitarte es la libertad de volver mierda tu vida como te dé la gana. Bill Clinton lo entendió bien: nadie puede ganar las elecciones si va en contra de las libertades personales. En especial, no contra las armas”.

De una parte, la cita revela cómo han sido los liberales, quienes pavimentaron el camino por el que a partir del año entrante transitarán Donald Trump y su gabinete neofascista de supremacistas blancos. Trump es el verdadero heredero de Clinton, quien lo fue de Nixon, cuya intervención el 11 de septiembre de 1973 en Latinoamérica engendró la bestia que ha terminado por engullirnos a todos.

La justificación dada por los jóvenes golpistas chilenos fue precisamente en favor del uso de las armas cuando la gente dirige la democracia contra las libertades personales (en especial las de propiedad y empresa). Es el mismo argumento de los golpistas de hoy en Brasil y Venezuela. El mismo de Uribe y los del Nunca. El mismo con el cual Trump derrotó a Clinton.

De la otra, el juego de lenguaje que pasa por los insultos y las groserías revela en la escritura y el debate nuestra complicidad con esa subjetividad depresiva y rabiosa de la que habla Franzen. Pensadores como Slavoj Zizek tejen insultos y bromas entre sus argumentos con precisión para distinguir y distinguirse de aquellos que defienden la libertad personal de “volver mierda tu vida como te dé la gana”. Para recordarles, y a nosotros, que ese “tú” no es tuyo, que otro nos ha dado ese lenguaje y entonces, en lo más íntimo, lo que creemos libertad es la esclavitud más insidiosa.

Carolina Sanín ha cultivado ese gesto entre nosotros. Su genio ha sido enseñarnos en la escritura y el debate que es imposible entrar en el lenguaje mediante el yo y el tú sin al tiempo preguntarse por la manera como nos imponen el género. La reacción a esa lección, las amenazas, el ojo morado, su despido, lo demuestran. El microfascismo de la academia y el periodismo. Estos últimos se piensan liberales; son esclavos e imbéciles.

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