Por: Santiago Gamboa

Embajadores en Coahuila

“Veo la moto negra, como un burro de otro planeta, partir en dos las tierras de Coahuila”, dice Bolaño en un poema, y por eso, y por todo lo que quiero y le debo a México, acepté participar en la Feria Internacional del Libro de Arteaga (FILA), en Saltillo, capital del estado de Coahuila, una zona de pujante economía por estar cerca de Monterrey, región en la que nacieron nada menos que Venustiano Carranza, Madero y otros héroes de la historia mexicana.

La feria tenía como país invitado a Colombia.

En la apertura noté que los organizadores estaban algo tristes e inquietos. ¿Qué pasa?, me atreví a preguntar. “Es que el embajador de Colombia canceló ayer”, dijeron. Supuse que enviaría en su representación a algún diplomático, y así lo manifesté —la feria les ofrecía pasajes, hotel, comidas y sala VIP—, pero negaron con la cabeza: tras haber confirmado que vendrían, de la embajada les habían dicho que ahora estaban muy ocupados y que no podía venir nadie. Me alcé de hombros sin saber qué decir. Poco después empezó la sesión solemne, en la que el secretario del estado de Coahuila para la cultura, el rector de la Universidad Autónoma y el director de la FILA dieron la bienvenida a Colombia, aunque en medio de una extraña atmósfera. Junto a ellos, en la mesa de honor, estaba el ministro consejero de la embajada de Ecuador, país invitado en 2014.

Al otro día se inauguró el Pabellón Colombia. Entonces el escritor Evelio Rosero y yo, de común acuerdo, decidimos autoproclamarnos embajadores para, con tal investidura, agradecer de manera oficial el afecto, la curiosidad y el interés por las letras y la cultura de nuestro país en esta región norteña de México. Y así fuimos embajadores, sin decreto pero con aplauso, en la ciudad de Saltillo, el pueblo de Arteaga y el campus de la Universidad Autónoma de Coahuila, que es zona extraterritorial. Hasta conseguimos una banderita artesanal.

Hubo estands con productos típicos colombianos, comida y café. Cumbia, vallenatos y salsa de Cali en los parlantes del recinto ferial. Editoriales colombianas expusieron sus publicaciones. El joven compatriota Daniel Herrera presentó un libro sobre la masacre de El Salado, publicada por la Universidad Veracruzana, y Evelio Rosero la reedición de En el lejero. Una escritora mexicana dijo: “Rosero superó a Rulfo”. Un profesor de la universidad de La Habana trazó un paralelo entre García Márquez y Alejo Carpentier y yo hablé de viajes y ciudades, y de la luminosa soledad de los hoteles. Nos invitaron a comer cabrito, a probar el mezcal y una bebida de la región llamada sotol, hecha con una planta de la Sierra Madre. Hubo nubes, neblina y lluvia por los huracanes que siempre golpean a México por esta época; no hubo balaceras ni violencia del narcotráfico, pues está tranquilo a pesar de ser territorio de los Zetas. La escritora mexicana Carmen Boullosa presentó su última novela, titulada Tejas. El también escritor mexicano Julián Herbert, residente en Saltillo, fungió de anfitrión. Y al final nos despidieron con honores y sólo al llegar al aeropuerto y sacar nuestros pasaportes ordinarios y despedirnos de Coahuila, nos aplicamos la “libre remoción”, volviendo a ser ciudadanos normales y corrientes.

 

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