Por: Armando Montenegro

En el espejo de Maduro

Es relativamente frecuente que las personas definan o revelen sus preferencias políticas mediante su apoyo o rechazo a los movimientos políticos o a los gobiernos de otros países o, incluso, a alguna de las partes de un conflicto del exterior. En su momento, los líderes de los partidos tradicionales colombianos se identificaron con los bandos de la Guerra Civil española; más adelante, muchos jóvenes expresaron su simpatía por la revolución cubana y el gobierno de Salvador Allende y, en el lado contrario, no hace mucho tiempo, varios líderes locales revelaron su admiración por las políticas de seguridad y autodefensa del presidente Fujimori.

Por medio de estas expresiones, quienes opinan demuestran, en realidad, sin mayores cálculos ni tapujos, cuáles son las políticas o transformaciones sociales que quisieran ver implantadas en la vida colombiana.

En este orden de ideas, la posición de los líderes colombianos frente a la crisis venezolana es una buena manera de conocer, realmente, cuáles son sus verdaderas convicciones con respecto a temas como la democracia, los derechos humanos, la libertad de prensa y expresión, el respeto a la oposición y la división de poderes.

Uno de los experimentos que desde hace más de 15 años ha polarizado a los latinoamericanos ha sido el llamado socialismo bolivariano del siglo XXI, el movimiento de Chávez y Maduro, que revivió las esperanzas de quienes todavía mantenían convicciones que parecían no tener ningún piso al final del siglo XX, después del fracaso de la Unión Soviética y el acelerado desarrollo capitalista de China y Vietnam. Pero Chávez también le dio nuevas alas a una tradición, que también parecía superada en América Latina, la del caudillismo populista, en cabeza de líderes considerados providenciales, irremplazables y mesiánicos, pregoneros, frente a interminables manifestaciones multitudinarias, de la llegada de un futuro revolucionario que redimiría para siempre a los desposeídos. Ya sabemos que esas esperanzas quedaron, una vez más, frustradas.

Así como el alto precio del petróleo les dio oxígeno a los gobiernos de Chávez (ocultó sus errores y desvíos), las bajas cotizaciones del crudo han traído la bancarrota y puesto de manifiesto las horribles miserias del régimen bolivariano, responsable de una verdadera tragedia humanitaria en Venezuela. En lugar de corregir el rumbo, admitir las equivocaciones y emprender las necesarias rectificaciones, con una increíble ineptitud y arrogancia Maduro y sus secuaces han profundizado la crisis económica y social y acentuado su carácter represivo y dictatorial. Los padecimientos del pueblo venezolano son bien conocidos en todo el mundo.

A medida que se aproximan las elecciones presidenciales en Colombia, se les debe exigir a los candidatos y precandidatos que expresen, con toda claridad, su posición frente a los abusos del régimen bolivariano, las causas de la crisis venezolana y su posible desenlace. En la radio, la televisión, los foros gremiales y académicos, todos ellos deben ser cuestionados por su posición con respecto al sufrimiento de Venezuela y la responsabilidad del gobierno de Maduro. Esta será una de las formas precisas de saber lo que, en realidad, piensan de la democracia, la alternación en el poder, el respeto a las minorías, y los derechos sociales y económicos en la realidad colombiana.

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