Por: Daniel García-Peña

En el pantano con las Farc

Tuve la oportunidad de visitar varias zonas veredales de las Farc y viví la realidad de su tránsito de ejército a partido político.

Me encontré con una comunidad de compatriotas. La inmensa mayoría, hijas e hijos de la pobreza, la exclusión y la violencia. Casi todos, del campo. Muchos, jóvenes, que igual que los mayores, están en el monte desde chiquitos. Hoy, siguen viviendo en cambuches, en medio de barriales y fuertes lluvias, mientras esperan que terminen los famosos campamentos, unos menos atrasados que otros, según la zona.

Sin embargo, pese a las precarias condiciones, impacta la limpieza y el orden de las instalaciones construidas para los visitantes, así como la hospitalidad, sencillez y frescura con la que nos recibieron ese contingente de mujeres y hombres que se autodenomina la “guerrillerada”. Se evidencia una organización impecable, basada en la disciplina y la puntualidad, no propiamente características de los colombianos.

Las Farc son una familia grande y extendida. Comparten una historia común, con sus héroes y leyendas y una telaraña de parentescos. Los comandantes hacen las veces de padres o abuelos, psicólogos, jueces de familia y hasta bendicen las relaciones de pareja. Hay un poderoso y palpable sentido de lo colectivo. De hermandad. Saben que su fuerza, tanto en la guerra como ahora, está en la unidad y la camaradería. Conocen los territorios como pocos. Sienten orgullo por sus orígenes humildes y asumen con gran dignidad este complejo momento de transición.

En general, el nivel educativo es muy elemental. Lo que no les impide expresar con firme convicción - con mayor o menor grado de elaboración - lo central: por décadas intentamos cambiar el sistema político del país con las armas y no pudimos; ahora lo intentaremos sin ellas. Lo tienen clarito.

Eso no quiere decir que no tengan dudas y miedos de lo que se viene. Los retrasos en las obras generan incertidumbre, así como la lentitud y las trabas en la implementación normativa. Pero sobre todo les preocupa los asesinatos de integrantes de las Farc y sus familiares, así como la de los líderes sociales. Observan que las regiones que abandonaron están siendo aprovechadas por los paras y sus herederos y aún no se percibe al Estado capaz de hacerles frente.

Pero pese a todas las dificultades e inseguridades que vienen evidenciando, las Farc siguen firmes con los acuerdos. Son conscientes de que no hay vuelta atrás. Están cumpliendo. Insistir en lo contrario es simplemente contra factual. Y lo están haciendo a los ojos de todo el mundo. Algunos, los más visibles, realizando las múltiples tareas de la implementación y la inmensa mayoría, en las zonas veredales, está expectante.

Buena parte de su futuro dependerá de cómo se resuelve la discusión actual acerca del nuevo partido (marxista-leninista vs. amplio), así como la forma en que siguen asumiendo frente al país sus responsabilidades por las atrocidades cometidas durante la guerra.

Hay experiencias que lo marcan a uno, que constatan algunas cosas y enseñan muchas otras. El fuerte tejido social de la comunidad fariana puede ser su principal blindaje ante la tormentosa intemperie a la que se asoman, tanto en el terreno de la política como en los proyectos productivos y los planes de vida.

Ojalá todos tuviéramos la oportunidad de visitar las zonas veredales con nuestros ojos y no sólo bajo el lente de los medios masivos de comunicación.

Eso sí. Lleven botas pantaneras.

danielgarciapena@hotmail.com

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