Por: Daniel García-Peña

En Francia: gana Hollande y pierde Trump

Las elecciones del domingo sacudieron los cimientos de los partidos tradicionales en Francia.

El Partido Socialista fue el mayor damnificado. Obtuvo apenas el 6%, lo más bajo de toda su historia. Su base tradicional se esfumó: los moderados se fueron con Emmanuel Macron y los de izquierda con Jean-Luc Mélenchon. También recibió garrote el otro gran partido tradicional, la derecha gaullista, ahora llamada los republicanos, que ha elegido cinco de los siete presidentes de la Quinta República y que, por primera vez desde la vigencia de la misma, se encuentra por fuera de la segunda vuelta.

Buena parte del descontento contra estos partidos tradicionales lo recogió la extrema derecha del Frente Nacional con Marine Le Pen, que logró pasar a la segunda vuelta, mejorando su votación del 2012 y la de su papá en el 2002, cuando igualmente logró llegar al ballotage.

Muchos inconformes también votaron por Mélenchon, otro indudable ganador, que logró salir de la marginalidad electoral para proyectarse como la voz más autorizada de la izquierda, desde una posición más radical, que invoca a Sanders en EE. UU., Tsipras en Grecia y Podemos en España.

Pero la gran novedad es que a diferencia de EE. UU. y otros lares, en Francia el inconformismo contra la política tradicional no se volcó exclusivamente hacia la extrema derecha o la izquierda radical sino mayoritariamente a favor de un outsider de centro. Banquero de 39 años, sin experiencia electoral, Macron programáticamente es neoliberal en lo económico y progresista en lo social, una especie de Hillary Clinton, pero joven y carismático, que tranquiliza al establecimiento y a los amigos de la globalización.

Por ello, hoy la cuestión no es si Macron ganará la segunda vuelta sino por cuánto. Dados los apoyos que ya ha recibido y lo que anuncian las encuestas —que, por cierto, hay que decirlo: en la primera vuelta, acertaron— Macron dará una paliza el 7 de mayo.

Por tanto, para mí, aunque suene extraño, el gran ganador, de alguna manera, fue François Hollande. Tuvo la inteligencia de no presentarse para no sufrir la inevitable derrota. Si bien su Partido Socialista quedó vuelto chicuca, éste ya lo había abandonado. Pero en últimas, Hollande logrará que sus políticas continúen y perduren. Fue él quien se inventó a Macron, lo sacó de la banca para ponerlo a dirigir una de las economías más importantes del mundo. Comparten la misma visión, tanto de política interna como externa, y varios de sus ministros, entre ellos Manuel Valls, lo acompañan. Macron, como lo es Hollande, será socio ideal para Angela Merkel, en la defensa de Europa.

Y perdió Trump. Realmente pensó que podía manipular a los electores franceses a favor de la Le Pen y alcanzó a mandar un tuit prácticamente celebrando el tiroteo en los Campos Elíseos, confiado que beneficiaría a su preferida. Mucho idiota.

Pero el drama continúa. En Francia, el sistema es presidencial, pero de partidos. En junio, un mes después de la segunda vuelta, habrá elecciones legislativas. En la actual Asamblea Nacional, socialistas y republicanos, derrotados el domingo, con sus respectivos aliados, tienen 472 de los 577 escaños. ¿Qué pasará con ellos? En Marche, el naciente movimiento de Macron, no tiene ni un solo escaño.  ¿Serán capaces de convertir el descontento ciudadano en bancada parlamentaria? ¿Podrán Le Pen y Mélenchon aprovechar sus éxitos en las presidenciales para aumentar sus bancadas, hoy de 2 y 15, respectivamente?

Francia se inventó eso de las izquierdas y las derechas hace más de 200 años. Si bien su sistema de partidos está atravesando una grave crisis, a la vez, se está reconfigurando el espectro de los referentes políticos acorde con los desafíos de estos nuevos tiempos.

danielgarciapena@hotmail.com

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