Por: Catalina Ruiz-Navarro

Encadenada

La semana pasada se hizo viral un video que mostraba cómo la policía de Cali le daba tratos inhumanos a una mujer en estado de ebriedad. El lunes 24 la policía arrestó a la modelo caleña Kathe Martínez por una supuesta riña callejera. Ya en la estación, la encadenaron a la reja de la ventana y la “incitaron” a desnudarse y mostrar sus partes íntimas frente a los aprehendidos en la estación Meléndez. “Incitaron” no es el verbo correcto, porque cuando una persona está encadenada y en estado de ebriedad, frente a ni más ni menos que la fuerza pública, la desigualdad de poder es tal que cualquier cosa que haga la encadenada será por obligación. No contentos con la tortura, los policías hicieron video y lo divulgaron en redes sociales. Tomarle fotos o videos a una persona sin su consentimiento y desnuda, y luego divulgarlos es violencia sexual. Delitos de la más baja ralea cometidos en nombre de la Policía Nacional.

Uno se pregunta: ¿cómo es posible que algo así ocurra? Pero la respuesta, tristemente, está en las reacciones tanto de los medios como de la fuerza pública y la ciudadanía ante el incidente. Los medios de comunicación se dedicaron a divulgar el video a más no poder. Demasiadas veces al periodismo se le olvida que antes de los clics está la dignidad humana. Peor todavía, a pesar de que el video prueba que Martínez está encadenada a una reja, muchos medios titularon: “¿Acoso?”, así, con signos de interrogación, como si no fueran evidentes todos los ultrajes que Martínez está viviendo.

“Ah, pero”, dijeron todos en redes sociales, “si se está riendo”, “quién la manda a emborracharse”. Además Martínez “está buena” (¿buena para qué? ¿Para el abuso?) y por eso todo debe ser su culpa. No contentos con sus titulares los medios divulgaron otro video en donde mostraban “cómo son los striptease de Kathe Martínez fuera de la estación de policía” trabajando como una de las “diablitas” del América. Parece que ni ciudadanía ni medios entienden la diferencia entre mostrarse sexy y ligera de ropas como parte de un trabajo pagado que se realiza voluntariamente y bailar encadenada a una reja como si fuera menos que un ser humano. Nuestra misoginia es tal que nos quedamos en comentar su voluptuosidad sin ver cómo se están violando sus derechos humanos. ¡Qué importa si Martínez era, en efecto, stripper! ¡Qué más da si se emborrachó! ¡A quién le incumbe lo que lleva puesto! Ninguna de estas cosas explica o justifica una violación de este tamaño, en donde el poder desmedido que da el nuevo Código de Policía se junta con el machismo para violentar a una mujer que tendría que estar siendo protegida por esa misma fuerza pública.

Si alguien duda de lo que es el privilegio de un hombre uniformado, aquí tenemos policías que encadenan a una mujer, la obligan a desnudarse, lo graban y lo divulgan con la tranquilidad de que no habrá sanción social ni consecuencias profesionales. Ah, cierto que se abrió una investigación disciplinaria, pero todas sabemos de los altísimos índices de impunidad en violencia de género y de la rapidez de los grupos de hombres con poder para cubrirse las espaldas. ¿Cuántas veces habrán hecho algo así estos oficiales, pero sin video? Si a eso le sumamos el desprestigio moral del que ha sido objeto Martínez, el resultado es evidente: no va a pasar nada. Lo saben los policías que en vez de protegerla perpetraron contra ella al menos tres delitos, lo sabemos todas las mujeres quienes nos sentimos vulnerables ante la policía y lo saben mejor y en carne propia todas esas mujeres que, como Martínez, tienen una especial vulnerabilidad. Porque recuerden todas: nuestra moral debe ser impecable como la mismísima virgen María para sobrevivir en un país que solo respeta a las “buenas víctimas”. Porque parece que la policía solo está para proteger a mujeres de ciertas clases sociales, cierto color de piel, cierto estilo al vestir, y más nos vale no usar escote pues nuestra seguridad depende del juicio moral que sobre nosotras hagan los tombos de turno.

@Catalinapordios

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