Por: Francisco Gutiérrez Sanín

Encuentre las diferencias

Mi evaluación del largo período de Hugo Chávez en el poder en Venezuela es más bien negativa. La planilla básica de su desempeño está más o menos clara, y ha sido repetida una y otra vez —mejor o peor, con generosidad o con rabia— por diversos analistas.

Se raja en democracia, en inflación y en seguridad. Apenas aprueba en crecimiento económico (sobre todo si uno tiene en cuenta los exorbitantes precios internacionales del petróleo). Pasa en cambio varias materias de inclusión. De hecho, también aquí le disputaría algunos resultados. Por ejemplo, usó la expropiación como bate para golpear a sus enemigos políticos, no como herramienta para reformas sociales de largo alcance, lo que se revela en algunas cifras claves. Pero su esfuerzo en términos de inversión social fue muy notable. Y me declaro culpable de haber subestimado su capacidad de inclusión simbólica, realmente enorme, como se vio en los apoteósicos ritos funerarios —acompañados de consternación genuina por parte de cientos de líderes populares y millones de seguidores— que cerraron su ciclo de gobierno y abrieron otro de dudas e incertidumbres en el vecino país.

La experiencia chavista se puede leer a la luz de dos contrastes. Primero, con el resto de la izquierda latinoamericana que, unida en su lamento por el deceso de su conmilitón, es esencialmente diversa. Por ejemplo, muchos gobernantes de izquierda han tenido significativos éxitos en términos de crecimiento económico. Brasil y Chile inmediatamente vienen a la cabeza. Menos conocida es la prosperidad relativa que vive Bolivia. Ecuador también está logrando en este terreno éxitos totalmente inesperados —al menos para mí—, y si ustedes se pegan la rodadita por allá verán que sus carreteras e infraestructura nos tendrían que producir malsana envidia. Correa no es un destacado demócrata, ni siquiera un hombre ponderado, pero en cambio Mujica, Lula, Roussef y Bachelet han dado gran ejemplo de dignidad, equilibrio y respeto por las reglas de juego. Hay muchas izquierdas en el continente, y las fracturas no pasan única, quizás ni siquiera principalmente, por el eje moderado-radical. Me aventuraría por ejemplo a sugerir que los líderes que llegaron apoyados sobre una amplia base social organizada —el PT brasileño, el MAS boliviano, el FMLN en El Salvador, la gente que está del centro hacia allá en la Convergencia chilena— han tenido un desempeño distinto, y en general mejor, que sus compañeros más caudillistas. Pero de pronto esto no aguante un escrutinio sistemático.

El otro contraste es con Colombia. Tantos parecidos, pero a la vez dos universos políticos e institucionales. Cuando yo era niño, me encantaba un juego que publicaban los periódicos (creo que algunos todavía lo hacen): “encuentre la diferencia”. Se trata de dos dibujos casi idénticos, pero con algunos detalles trucados. Entre Colombia y Venezuela, esos pequeños detalles lo cambian todo. ¿A qué se deberán? Por ejemplo, tanto en Venezuela como en el resto del mundo andino hay sectores amplios de las fuerzas armadas que simpatizan con opciones populares/populistas (use el término que se acomode más a sus preferencias). Es de ese trasfondo que sale un Chávez. Por ejemplo, aquí hay una cierta inflexibilidad institucional positiva que hace que no puedan cambiarse tan fácilmente las reglas de juego, al menos no todas. Pero en otros asuntos hemos ido convergiendo. Creo que Colombia, desafortunadamente, se ha vuelto mucho más permeable al caudillismo, y si no fuera por esa nuestra relativa inflexibilidad institucional hoy podríamos estar en problemas muy serios.

Sobre Chávez se escribirán muchas cosas: desde tuiterazos hasta textos académicos, pasando por todas las intermedias. Mientras aquellos salen, el juego de las diferencias podría enseñarnos mucho.

 

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