Por: Ricardo Bada

Enseñando el búlgaro

En España, tras la muerte del inferiocre dictador, y al dispararse la espiral del “destape”, comenzaron a aparecer en los diarios (sección Avisos Clasificados) los cantos de sirenas de señoritas de compañía y call girls, efebos y masajistas, e tutti quanti: unos anuncios que a veces son una auténtica delicia. Sobre todo en la muy mercantil Cataluña, donde algunos de ellos, después de ponderar las virtudes corporales y las prestaciones que ofrecen sus anunciantes, suelen concluir con un argumento inapelable: “¡Excelente relación calidad-precio!”. ¡Ah, Cataluña inmortal!

Y cierta vez sucedió que un buen hombre, búlgaro, refugiado político en España, pensó ganarse algunas pesetas dando clases de su raro idioma, y acudió a un periódico madrileño para insertar un aviso que era una obra maestra de laconismo, se reducía a dos palabras: “Enseño búlgaro”, seguidas de su número de teléfono. Sólo que los duendes de la imprenta no incluyeron su aviso en el apartado Idiomas, sino en el eufemísticamente rotulado Relax. Con la consecuencia lógica de que el pobre hombre se vio asediado por infinitas llamadas telefónicas de obsesos sexuales o simples bromistas que querían saber qué cosa era exactamente la que enseñaba. Este hecho histórico me parece tan digno de recordar como aquello que aprendí en mi primer acercamiento a los arcanos del idioma alemán y sus juegos de palabras.

Al llegar a Alemania, febrero de 1963, viví en Bad Kripp, una aldea que se levanta justo donde el río Ahr desemboca en el anchuroso Rin, que en alemán se llama Rhein. Y pasados un par de meses, cuando ya medio entendía, un día me dijo mi amigo y casero Mathias: “¿Ves? Durante la época nazi, la gente de Bad Kripp fuimos los únicos de todo el III Reich que nunca tuvimos problemas con las leyes racistas: todos nosotros, hasta los mismos judíos, podíamos alegar que éramos, de nacimiento, 100% arios puros”.

El juego de palabras consiste en que rein arisch, arios puros, suena fonéticamente igual que Rhein-Ahrisch, nacidos en la confluencia del Rin y el Ahr. Y así, cada que vuelvo a Bad Kripp, en estos últimos tiempos de neonazismo y cabezas rapadas, me desquito contra la estupidez universal y la corrección política mirando a alguna hermosa muchacha turca nacida en ese lugar, y por lo tanto aria pura, pidiéndole mentalmente que me enseñe el búlgaro. Después de todo, Bulgaria formó parte durante siglos de aquello que en el lenguaje diplomático se llamaba, ¡oh, manes del Kama Sutra!, la Sublime Puerta.

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