Por: Augusto Trujillo Muñoz

La entropía de nuestro tiempo

La desaparición de Fidel Castro significa la muerte del siglo xx y el triunfo de Donald Trump significa su resurrección.

Castro fue “el último de los mohicanos”. Nadie como él puso la utopía al alcance de los más desesperanzados. Casi pudieron agarrarla con la mano o con el espíritu. Vivió en el siglo del Estado-nación, que fue también el siglo de las revoluciones nacionales: la rusa, la mexicana, la china, la cubana y otras más en Asia y África, sin mencionar los intentos fallidos. El intervencionismo del Estado era un eje de la actividad pública: iba desde las posturas radicales de los fascismos y los comunismos, hasta las moderadas de la social democracia, el social cristianismo o el new deal norteamericano.

Probablemente Castro fue el hombre de mayor dimensión política en América, durante el siglo xx. Testigo de su época y uno de sus grandes protagonistas. Más allá de sus aciertos y de sus errores, su figura no solo se confundió con la historia de la revolución cubana sino con su destino. Y con la promesa ilusionante de construir una auténtica sociedad igualitaria, a base de autoridad y de voluntarismo. Pero su experiencia sería impensable en el siglo xxi. Hoy las revoluciones no tienen futuro, sólo tienen historia.

El siglo xx manejó una suerte de pensamiento único que dividió a los hombres entre buenos y malos. Sobreideologizó la política y montó los autoritarismos más despóticos y los más sofisticados. Todos ellos tan irritantes como perversos. Las ideas no eran doxa, eran dogma. En el siglo xxi, en cambio, el mundo se liberalizó, la economía se globalizó, el derecho se constitucionalizó y la gente cobró conciencia de que la sociedad es plural, es decir, compuesta por sectores muy diversos y no sólo por buenos y malos.

Pero el liberalismo del siglo xxi se quedó en la recuperación del viejo liberalismo clásico y lo ejerció a ultranza. Neutralizó las conquistas sociales y los principios solidarios, hasta generar desigualdades crecientes. Reprodujo la historia: así habían nacido en el pasado –pero al otro extremo del liberalismo- los movimientos populistas. En el justo medio, el Estado social de Derecho enviaba un mensaje de responsabilidad institucional y política que, ahora, se quiere desmontar de manera sistemática.

Por eso la victoria de Trump en los Estados Unidos significa la resurrección del siglo xx. Supone rechazo a una dirigencia indolente que la gente percibe como responsable de las inequidades contra las cuales se luchaba entonces. Al hombre común de hoy la aldea global le queda demasiado lejos. No alcanza a ver si su compleja urdimbre se mueve en el espacio o en el tiempo. La aldea local le resulta próxima pero tampoco ve el espacio cabal para una deliberación democrática capaz de integrar el cosmos con la polis.

Según aserto de Beck, ese ciudadano eligió unos hombres que no tienen poder, y a los que tienen poder no los ha elegido. Es la entropía de nuestro tiempo. Castro inundó el suyo de inspiración profética y alucinó a quienes creyeron en su gesto revolucionario. La historia lo absolvió como líder pero lo condenó como guía. Con su desaparición muere el siglo xx. Con Trump surge un pragmatismo errático que se ancla  en el pasado. En aquel mundo binario de buenos y malos para el cual, por supuesto, los malos son los otros, los demás. Trump vive en el siglo xx y, por eso, quiere reeditarlo. Ofrece un futuro que está a las espaldas del presente. Y la gente se lo compra.

* Exsenador, profesor universitario. @inefable1

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