Por: Alonso Sánchez Baute

¿Qué esconde la Iglesia?

EL PASADO SÁBADO, LAS NOTICIAS abrieron con dos temas muy cercanos: uno informaba sobre la sinvergüencería de un obispo belga que admitió que abusó sexualmente de sus sobrinos. Según dijo, la pedofilia es algo "superfluo" que "no se tenía por anormal".

Lo de superfluo evoca la banalidad del mal, como en el caso del nazismo que, tras ser aceptado por una mayoría, se tenía por correcto a pesar de que las personas sabían que estaban cometiendo un crimen. Lo de anormal admite muchas preguntas. Van dos: ¿entre quiénes es normal la pedofilia? ¿Entre sus colegas sacerdotales?

La segunda noticia versó sobre la decisión de la Iglesia de sermonear durante esta semana en contra de la adopción por parte de los gays. En lugar de aprovechar la oportunidad para pedir perdón por los millones de niños y niñas abusados sexualmente por sus jerarcas, vuelve a lo de siempre: enfatizar su posición en contra de los derechos igualitarios, un tema cuya decisión corresponde al Congreso o a la justicia, nunca a ella.

¿Por qué la Iglesia se radicaliza cada vez más? Por un lado, porque, ante sus problemas internos, necesita levantar cortinas de humo. En vez de autocorregirse, critica la viga ajena. Pero también ataca la tolerancia porque se está quedando sin temas políticos que conserven su visibilidad, luego de que ha venido perdiendo todas las batallas que ha emprendido en contra de las libertades y los derechos humanos. Perdió cuando se opuso a los liberales, al divorcio, a las madres solteras, a la virginidad, al aborto, al matrimonio entre homosexuales (si bien el Congreso no ha decidido, ya la Corte falló), al desarrollo de la ciencia y a todo lo que signifique progreso.

Este texto no va sobre la viabilidad o no de la adopción entre gays sino sobre una Iglesia que ha forjado su historia azuzando el odio y el miedo entre su feligresía. Esta vez hay algo nuevo en su mensaje: la Iglesia recurre al lobby utilizando a los medios de comunicación, los mismos que el sábado le hicieron el juego repitiendo como un eco lo que los jerarcas mandaron por fax, pero también dando la voz sólo a ella: incluso cuando la prensa titula notas como “Los gays protestaron en la Catedral”, es al obispo a quien entrevistan.

Como si se tratara de una vetusta empresa a la que le han hecho reingeniería, la Iglesia, al utilizar a los medios de comunicación, está modernizando los canales para transmitir su mensaje a un mayor número de colombianos. El problema es que el mensaje sigue siendo el mismo.

Al mismo tiempo, el Museo del Banco de la República inaugura una exposición con la obra de León Ferrari, de quien son frases como “El poder está contaminado de religión” y “Dos mil años permiten establecer una moral comprometida con la estrecha y doble relación que Occidente mantiene con el sufrimiento y la tortura”, de lo cual se desprende que la ética del poder de la Iglesia se sustenta en una cultura que glorifica la tortura, y toda la iconografía expresada a través del arte así lo demuestra.

Cito a Ferrari para preguntar: ¿cómo puede un obispo afirmar que es superflua una tortura que marca para toda la vida? o ¿cómo puede la Iglesia pregonar el amor trobre una Iglesia que ha forjado su historia azuzando el odio y el miedo entre su feligresía. Esta vez hay algo nuevo en su mensaje: la Iglesia recurre al lobby utilizando a los medios de comunicación, los mismos que el sábado le hicieron el juego repitiendo como un eco lo que los jerarcas mandaron por fax, pero también dando la voz sólo a ella: incluso cuando la prensa titula notas como “Los gays protestaron en la Catedral”, es al obispo a quien entrevistan.

Como si se tratara de una vetusta empresa a la que le han hecho reingeniería, la Iglesia, al utilizar a los medios de comunicación, está modernizando los canales para transmitir su mensaje a un mayor número de colombianos. El problema es que el mensaje sigue siendo el mismo.

Al mismo tiempo, el Museo del Banco de la República inaugura una exposición con la obra de León Ferrari, de quien son frases como “El poder está contaminado de religión” y “Dos mil años permiten establecer una moral comprometida con la estrecha y doble relación que Occidente mantiene con el sufrimiento y la tortura”, de lo cual se desprende que la ética del poder de la Iglesia se sustenta en una cultura que glorifica la tortura, y toda la iconografía expresada a través del arte así lo demuestra.

Cito a Ferrari para preguntar: ¿cómo puede un obispo afirmar que es superflua una tortura que marca para toda la vida? o

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