Por: Santiago Gamboa

Escribir y viajar

El griego Heródoto de Halicarnaso, uno de los primeros escritores de viajes, escribió al principio de Los nueve libros de la Historia que la principal intención de su obra era impedir que el tiempo acabara con la memoria de los hechos humanos, “y que las grandes empresas, acometidas ya sea por los griegos o por los bárbaros, no caigan en el olvido”.

Esto transformó su empeño en una noble tarea destinada al bien común, de la que todos, no sólo sus contemporáneos sino también las generaciones futuras, podrían beneficiarse.

Y el tiempo le dio la razón.

Pienso con frecuencia en estas palabras de Heródoto, pues hoy pasaría exactamente lo contrario: hay tanta memoria de lo cotidiano, existen tal cantidad de imágenes y versiones simultáneas de cada segundo de la realidad y sus infinitos vericuetos, que es eso mismo lo que, paradójicamente, amenaza con borrarla, con sepultarla bajo un alud. Si el memorioso Funes de Borges se asomara a internet y asistiera a un porcentaje ínfimo de lo que allí sucede, no necesitaría un día completo para recordar un día, sino una semana.

Y algo aún peor: el exceso de información compromete y sobre todo banaliza la memoria, pues, muy pronto, ¿quién querrá mirar entre esos millones de documentos e imágenes que hoy genera cada segundo de vida?, y sobre todo, ¿para qué?, ¿qué permitiría comprender todo ese material? La labor de Heródoto sería hoy vana, pretenciosa y sobre todo innecesaria.

Hoy se escribe con otras motivaciones.

Lo que se busca al escribir de viajes (puede incluso que al escribir a secas), siguiendo el hilo de Heródoto, es dar cuenta ya no de toda la realidad, sino de esas pequeñas y a veces insignificantes aventuras individuales que la pueblan y que, de tanto en tanto, le dan sentido. No es la memoria de los hechos humanos lo que va a ser salvado, sino una ínfima y muy concreta experiencia personal. El escritor quiere dejar por ahí un minúsculo grano de arena, aspirando a que esa modesta versión de la vida y del mundo, la suya, no sea a su vez sepultada por el peso apabullante de todas las demás versiones de la vida y del mundo que, simultáneamente, deambulan por ahí.

Así las cosas, cabe formular una vez más la vieja y dolorosa pregunta: ¿para qué escribir, y ya no digamos leer, las experiencias de alguien en Oceanía o en París o en Tierra del Fuego? La respuesta es sencilla y algo conmovedora: porque las palabras de un escritor muestran lo que no se ve en las fotos ni en los cuadernillos turísticos. Es un preciso conjunto de palabras que surge cuando esa persona, justo esa, se detiene en un lugar que todos hemos visto y, tal vez al desgaire, saca su cuaderno de apuntes y hace una anotación. Su importancia no radica en transmitir una historia sino en encender una chispa, un fogonazo que de forma brutal nos hace comprender un poco mejor nuestro lugar en el mundo.

No hay duda de que pienso en todo esto porque, al fin, en una librería española de Ámsterdam, logré encontrar Kassel no invita a la lógica, la última novela de Vila-Matas, donde se dice que uno de los grandes placeres de viajar es sentir miedo, “la gran excitación que producen los momentos de miedo”. Un libro que, por cierto, llevamos meses esperando en Colombia.

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