Por: Julio César Londoño

La espada, la baraja y el teorema

Los romanos, los hunos y los mongoles han tenido mala fama siempre. Y se la merecen, ¡pero también hicieron cosas admirables para el curso de la civilización! Repasemos aquí, para descansar de los bárbaros locales, tres capítulos de los bárbaros de otras latitudes.

Los bárbaros podían ser nómadas o sedentarios, y prefirieron siempre la acción sobre la teoría. Tal vez el mejor ejemplo de bárbaros sedentarios fueron los romanos, unos sujetos que inventaron los cristales de las ventanas y que podían pasar sin sobresalto de una orgía de sangre, en el circo, al estudio de los teoremas de Euclides, así no aprendieran nunca las demostraciones. ¿Para qué, si ya Euclides las había hecho? Sus ingenieros eran capaces de levantar esos acueductos de decenas de kilómetros que aún hoy nos maravillan, y sabían calcular sus pendientes con una exactitud pasmosa pero no eran capaces de demostrar el viejo teorema de Pitágoras ni estaban interesados en hacerlo. Como los ingenieros modernos y como los antiguos ingenieros de Babilonia, resolvían todos sus problemas prácticos a punta de tablas y baremos, y la teoría subyacente les importaba menos que un pito de cristiano. También los perjudicó su desastrosa nomenclatura numérica. Sólo los genios del imperio podían resolver operaciones tales como MCMLXXXIV por VII. Quizá por esto mismo se dedicaron al derecho, el saqueo, las orgías y los baños termales.

En el siglo V los hunos, bárbaros nómadas que le tenían pavor a la letra escrita y la consideraban signo de malos augurios, invadieron el imperio de los césares, la nación de Horacio y de Virgilio, y templaron sus carpas entre mármoles ahumados y jirones de púrpura. La arqueología moderna ha descubierto con sorpresa que las armas de los hunos eran más finas que las de los romanos, gracias a un truco milenario: los hunos fraguaban sus espadas enterrándolas, al rojo vivo, en las entrañas de los prisioneros. Se pensaba que las virtudes de la víctima templaban el acero. En realidad era el nitrógeno orgánico el que producía el temple. El procedimiento era mágico, pero la técnica era correcta.

También eran de gran calidad sus utensilios y armaduras. En cuanto a arneses, horcates, colleras, herraduras y guarniciones racionales, las mejores fueron las de otros bárbaros nómadas, los mongoles, hecho que les permitió dominar Asia y parte de Europa y jugar un papel inesperado en la invención de la imprenta. La cosa fue así: en el siglo I los chinos inventan el grabado sobre madera. Cuando los mongoles invaden China, conocen el juego de cartas, se aficionan, aprenden la técnica del grabado para renovar sus barajas y le enseñan este arte a Europa. Los monjes occidentales deciden grabar estampas piadosas en lugar de barajas, y los holandeses dan un paso clave: en lugar de seguir utilizando grabados con imagen y leyenda, tallan sellos de imágenes y sellos de leyendas para combinarlos y multiplicar el surtido. Luego los impresores holandeses y alemanes separan las letras unas de otras, y por último Gutenberg introduce el plomo y lo suma todo: la prensa, la tinta de negro animal y la aleación metálica de los caracteres (caracteres metálicos y móviles, claro).

Para Louis Powels y Jaques Bergier, los mongoles son un pueblo clave en la historia. “Si recordamos que el caballo fue desde el principio hasta la invención del tren el medio de transporte terrestre más rápido, y que la imprenta es uno de los inventos centrales de la especie, hay que reconocer que los mongoles aceleraron la velocidad del hombre y la difusión de su pensamiento. Su aporte contribuyó más a la transformación de Occidente que toda la admirable ciencia griega. Al menos hasta el Renacimiento”. (La rebelión de los brujos).

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