Por: Lisandro Duque Naranjo

España

Me encontraba en Huelva, España, en el año de 1995, cuando desde el Festival de Cine de Bilbao me llamaron a ofrecerme que fuera jurado.

Dije que bueno, y acto seguido escuché de la directora del evento las opciones de vuelo para viajar desde el sur hasta el norte de la península: “Hay un vuelo nocturno directo a Bilbao, desde Sevilla, de modo que puedes pasar el día en Sevilla y conocerla. También puedes tomar la ruta Sevilla-Barcelona, en la mañana, y por la noche tomar el vuelo a Bilbao”. Le contesté que prefería el trayecto por Barcelona, ya que nunca había estado en esa ciudad y podría aprovechar el día de estancia para caminarla. “Pero si Barcelona es una M… Sevilla, en cambio, es una ciudad preciosa”, me dijo la directora, a lo que le contesté que ya conocía Sevilla, y si podía escoger, pues me quedaba con Barcelona. “Pues nada. Te vendrás por ahí…”, aceptó sin insistir más.

Dos días después, en Barcelona, luego de caminar por Las Ramblas y echarme una patoneada por el barrio Gótico, iba de nuevo hacia el aeropuerto y el taxista me preguntó: “¿A dónde viaja el señor?”. A Bilbao, le dije. “Bilbao es una M…”, fue su respuesta. Luego agregó: “Aunque se come bien allí…”.

Me pregunté si sería que los vascos se detestaban con los catalanes, quizá por ser ambas las comunidades autónomas más radicales, pero una vez llegado al aeropuerto de Bilbao, y cuando me desplazaba al centro de la ciudad en compañía de mis anfitriones, vi un letrero en la carretera: “A San Sebastián 98 km”. Me interesó el dato y les dije que en vista de la cercanía de pronto me pegaba una volada, para conocer esa otra ciudad vasca. Su respuesta en coro fue: “Pero si San Sebastián es una M…”.

El secretario del jurado era un octogenario bonachón y severo, llamado Pío. Como había una película bilbaína muy meritoria, aunque no lo suficiente para ganarles a las películas de la sección vasca, los miembros del jurado la reservamos para darle una mención a la hora de premiar el cine español. No pudimos porque Pío, todo un guardián de los estatutos del evento, nos informó que el País Vasco no formaba parte de España. La reservamos entonces para otorgarle algo en el apartado del cine iberoamericano, y Pío, muy rotundo, nos hizo saber que tampoco se podía. Le argumentamos que de todas maneras el territorio vasco quedaba en la Península Ibérica, y nos dijo: “Cierto, pero es que nosotros no descendemos de los íberos, sino de los celtas”. Y punto.

En 2009, en Barcelona, le dicté una charla a un grupo catalán sobre historia de la imagen, y cuando me referí a “Las Meninas”, se me zafó que ese era “un cuadro que ustedes conocen bien, pues Velázquez es suyo”. Uno de los concurrentes me corrigió: “No, Velázquez es de España, el país que queda aquí al lado”.

En ese evento conocí a un cineasta que hizo en Ciudad Bolívar un documental excelente cuyo título no voy a revelar. El motivo: porque el autor, un madrileño otrora llamado José Luis, como muchos, para residenciarse en Barcelona se cambió oficialmente ese nombre por el de Josep Lluis, como tantos en esa ciudad, para no ser mirado feo. Dice él.

Son anécdotas sin la intención de hacer pronósticos sobre el desenlace del actual movimiento separatista de Cataluña y el que empieza a expresarse en el País Vasco. Difícil ese tema.

La escritora Rosa Montero tiene la hipótesis de que esa forma nacional de ser tajantes es producto de la transición, pues a los españoles los resentía que el franquismo los hubiera obligado a ser cordiales para atraer turistas. Me cuesta creer que esos rasgos sean tan recientes. Lo que sí es cierto es que Franco les prohibió hablar y escribir en sus lenguas locales. De modo que no es de extrañar, aunque sea un exabrupto, que en un congreso de regiones autonómicas, el delegado andaluz manifestara su envidia ante el resto de comunidades “por tener al menos idioma propio. Nosotros que ni eso”.

 

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