Por: Rodrigo Lara

España invertebrada

Es difícil no sentir conmiseración por el desplome de España, hasta hace poco un país próspero y orgulloso. Su crítica situación económica es el sello patente de la facilidad con que una nación puede pasar de la prosperidad y la confianza a la pobreza y la desesperanza.

La crisis española desnudó una realidad que muchos no querían ver. El frenesí consumista, la burbuja inmobiliaria y los fondos europeos crearon la ilusión de que el crecimiento material era un camino lineal hacia la eterna prosperidad. No importaba el peso del endeudamiento ni el escaso desarrollo de un sector productivo de tecnología e innovación. Al fin y al cabo, los bancos eran sólidos y España ahora hacía parte de Europa: un generoso club de ricos que le inyectaba dinero y que, como el Titanic, jamás debía naufragar. A España, pensaban muchos, no había quién la detuviera en la senda de igualarse a sus vecinos del norte. Atrás quedaban esos años de españoles emigrando a Francia o Suiza para emplearse de conserjes y obreros.

Los dirigentes españoles reflejaban el narcisismo de la nueva opulencia; soberbio y delirante, Aznar se matriculaba en cuanta aventura belicista le proponía su homólogo George W. Bush, complacido de encontrar ese inusitado eco en la península Ibérica. La grandeza de España debía demostrarse en el concierto de las naciones, y de paso afirmarse humillando de vez en cuando a los marroquíes con la toma de islotes en disputa.

España hasta hace poco se retrataba a sí misma rica y opulenta. Hoy, en cambio, empobrecida, se mira al espejo y revive su más terrorífico fantasma del pasado: la desintegración de su territorio.

La crisis económica agudizó el histórico separatismo catalán, reprimido durante la dictadura y anestesiado últimamente por el estatuto de las autonomías y el crecimiento económico. Las elecciones regionales catalanas del 25 de noviembre tienen como eje central el debate soberanista y en segundo lugar la solución a la crisis, y son interpretadas como un plebiscito sobre la independencia de la región. Las encuestas indican la victoria de los independentistas, lo que producirá una difícil colisión entre las autoridades regionales y Madrid.

La progresiva concreción de la amenaza separatista es también la crisis del Estado autonómico, una extraña forma de gobernarse que combina la indivisibilidad del Estado unitario con la concesión de facultades legislativas a las regiones. Un imposible equilibro que terminó inclinándose, como es natural, hacia las exigencias soberanistas de las regiones históricas más ricas, como es el caso de Cataluña.

Las bonanzas pueden enajenar a naciones enteras; fenómenos como los súbitos flujos de dinero barato o la enfermedad holandesa pueden sumergir a un país en la irracionalidad y llevarlo a ignorar sus problemas de fondo. El caso español es un cruel recordatorio de que, como dice la máxima, la soberbia precede la caída.

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