Por: Mauricio Rubio

Estudiantes, turistas y jineteras

El mercado del sexo en Cuba, pujante bajo la dictadura de Batista, resurgió por donde menos se esperaba.

Lorna relata un trueque corriente. Frente al Hotel Nacional un capitán de policía le pide su carnet de identidad. “¿Eres jinetera? … entonces podemos llegar a un arreglo”. Un sargento sale del carro y abre la puerta. Entre ambos la suben y se la llevan a una casita cerca del malecón en donde le ordenan desnudarse. Mandy, conocido chulo de La Habana, que estuvo preso cinco años por atraco, anota que “la mayoría de las putas de aquí tienen universidad y como están aprendiendo también en la universidad de la calle, entonces se convierten en fieras”.

Tras la revolución quedó prohibido el comercio sexual. A finales de los ochenta, Fidel se ufanaba de que en su país no existían casinos, ni casas de citas, ni droga. Cuando cayó el bloque soviético se emprendieron reformas para corregir la dependencia del comercio con los países socialistas. La búsqueda de divisas llevó a darle prioridad al turismo internacional.

Mucho antes, la consolidación de un mercado negro tanto de productos básicos como de dólares estimuló el rebusque en torno a los extranjeros. Uno de los capítulos de esta economía clandestina fue el jineterismo, nombre originalmente empleado para cualquier intercambio con turistas, funcionarios expatriados, o estudiantes extranjeros. Un forastero obtenía gabelas si ofrecía acceso a divisas y a ciertos artículos muy apreciados, como un desodorante, un jean o una camiseta impresa. El noviazgo con expatriado le daba a una joven cubana el derecho de acompañarlo a ciertos lugares vedados. Casarse con uno de ellos le permitía salir de la isla sin renunciar a su nacionalidad.

Aunque nunca se llegó a prohibir enamorarse de un europeo, el coqueteo y flirteo con ellos resultaba complicado. Acompañarlos a sus hoteles implicaba enfrentar estrictos controles. Los encuentros con foráneos se empezaron a hacer en las posadas, equivalentes a nuestros moteles. En sus inicios, el jineterismo fue fundamentalmente titimanía: el afán por volverse amante de alguien capaz de ofrecer una vida mejor.

La encarnación concreta de ese príncipe azul no se limitó al visitante o al ejecutivo expatriado, casi siempre casado. Una buena veta cargada de hormonas fue la de los universitarios africanos. Originarios de países aún más pobres que Cuba, la isla les ofrecía buenos estudios a precios accesibles. Las primeras cohortes tuvieron que soportar un racismo brutal. Pero con la guerra de Angola, la percepción sobre el Africa cambió y se asimiló el papel de un isla poderosa y benefactora que ayudaba a los países en dificultades.

Con mejor imagen, la penuria de bienes de consumo ayudó a que estos estudiantes extranjeros empezaran a convertirse en privilegiados. Era bien fácil el acceso a mujeres a cambio de cigarrillos, ropa interior, jabones, perfumes. Según un congolés, “un año después de mi llegada, me había acostado con ocho cubanas. Desde hace ocho años, ya perdí la cuenta del número de mujeres que he tenido”.

Muchos de los universitarios africanos se volvieron pequeños traficantes más preocupados por enriquecerse que por estudiar. A través de los contactos en sus embajadas lograban acceso a las diplotiendas y adquirían artículos por fuera del alcance de los cubanos. Esta alianza foránea concentraba un dinámico mercado de compraventa de divisas así como una valiosa miscelánea de consumo. En una de las representaciones diplomáticas “desde el embajador hasta el funcionario de más bajo nivel, cada uno había creado una red con estudiantes para tráficos de todo tipo”.

El estatus de universitarios y el hecho de que el régimen buscara integrarlos con los cubanos facilitaba que cualquier muchacha mantuviera relaciones con ellos. Con menos peligros, ofrecían lo mismo que los turistas: dólares, bienes de consumo y la eventual salida de la isla. Los más locuaces alimentaban el sueño con historias extraordinarias sobre su clase social y sus contactos en los países de origen. Algunas estudiantes buscaban la lotería “acostándose con varios estudiantes africanos en la misma universidad o viajando de provincia en provincia, errando por las residencias”.

La crisis de los noventa cambió varias cosas. El poder adquisitivo y el encanto de los estudiantes africanos se deterioró; dejaron de ser buenos amantes, se volvieron menos románticos y perdieron refinamiento. El turismo masivo trajo buenos partidos con orígenes, ocupaciones y oficios diversos. Pero para las jineteras el extranjero siguió siendo, más que un vulgar cliente, un novio potencial con el que van al restaurante o a la discoteca antes de acostarse. Y alguien que, de pronto, les ofrece nuevas perspectivas. Con la llegada de europeas profesionales y solventes, existe ahora un arreglo similar, aunque menos extendido, para los jóvenes cubanos que tienen buen ritmo y alguna gracia.

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