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Miguel Ángel Bastenier 1 Dic 2012 - 11:00 pm

Europa, España, Cataluña

Miguel Ángel Bastenier

Europa vive el peor momento de su historia como organización más o menos unificada. Y no sólo en el aspecto económico, sino que los problemas y dudas que se perciben en el sentir europeísta tienen antecedentes próximos, que pudieron pasar desapercibidos.

Por: Miguel Ángel Bastenier
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En Escocia, el fin del imperio británico en los años 50 y 60 fue un poderoso estímulo para el separatismo, y ya en los 70 el principal partido independentista, el Scottish National Party, recogía cerca de un tercio de sufragios. Más aún, el euroescepticismo de gran parte del establecimiento británico sobre la permanencia en la Unión Europea es un síntoma añadido de fin de reinado. Bélgica, donde neerlandófonos y francófonos se desprecian nada cordialmente, se sostiene como Estado hiperfederal sólo porque Bruselas es la capital de la UE, y el secesionismo flamenco jamás aceptaría la independencia sin su capital histórica. En los años 90, Eslovaquia votó por su separación de la parte checa del país (Checoslovaquia), en paralelo al desgajamiento del imperio soviético. La separación de las repúblicas bálticas fue recibida con relativa indiferencia porque ya habían sido independientes en el período de entreguerras, pero Ucrania era parte de la Rusia zarista desde 1654 y Bielorrusia desde la unificación del Estado ruso en la Edad Media. A todo ello hay que sumar la violenta descomposición del tinglado federal yugoslavo en seis repúblicas independientes, también en esa década, de lo que el último avatar ha sido, ya en este siglo, el desgajamiento de Kosovo de la Serbia frustrada unificadora de Yugoslavia.

Aunque con diferente intensidad, esos casos gravitan sobre la que, según la mitología oficial, es una de las naciones más antiguas de Europa: España. El proceso de segregación de Cataluña, que hoy parece algo más contenido por el resultado de las elecciones autonómicas del 25 de noviembre, constituye, sin embargo, una amenaza real de segregación a medio plazo.

El nacionalismo catalán nace como fenómeno político contemporáneo a fin del XIX, cuando la pérdida de Cuba y Puerto Rico afectó a la sacarocracia catalana, haciendo que se aflojaran sus lazos económicos con Madrid. Ese sentimiento se apoya en una lengua propia y una literatura que blasona de glorias bajomedievales como el mismo castellano, pero que básicamente se nutre de la incomprensión hispano-castellana. Los catalanes pueden ser, y yo creo que son, españoles, pero no castellanos. En los años 20 y 30 del pasado siglo hubo diversas tentativas de resolver “el problema catalán”; la derecha regionalista, encabezada por Francesc Cambó, quiso participar en la gobernación de España, pero fue rechazada por las oligarquías peninsulares; y la II República, que votó un estatuto especial para Cataluña (1932), vio anegada su obra por la guerra civil (1936-39). El franquismo, que duró casi 40 años, con su represión de la libertad de todos los españoles y, con especial saña, lo catalán, cavó una fosa entre las dos comunidades, la catalano-hablante y la hispanófona, cuyas consecuencias se revelan ahora en su verdadera crudeza.

Pese a ello, hace sólo 10 años no había mucho más de un 15% de nacionalismo separatista y, paradójicamente, puede haber sido el progreso de la autonomía —establecida por la democracia en 1980— con lo que llamaba Tocqueville expectativas insuficientemente realizadas, lo que ha llevado en tiempos de gravísima crisis económica a la propagación de un sentimiento en Cataluña que podría expresarse en la convicción de que “nosotros lo haríamos mejor”. Más de un 50% de la población catalana aspiraría hoy a una reconfiguración de su relación con el resto de España, lo que implicaría como mínimo la adopción de un sistema federal de gobierno, que fuera más allá del actual Estado autonómico a la plena independencia.

Las elecciones del domingo pasado en Cataluña han dicho sí y no a esas fabricaciones. De un lado, la fuerza hegemónica, Convergència i Unió, ha ganado claramente. pero cayendo de 62 a 50 escaños, cuando la mayoría absoluta que decía necesitar para forzar un referéndum —ilegal, según el ordenamiento vigente— sobre la separación, era de 68. Pero, de otro, esos escaños los ha recogido Esquerra Republicana, partido abiertamente separatista, en contraste con CiU que prefiere refugiarse en eufemismos como “recuperación de la soberanía”. Y si en el parlamento catalán anterior había 76 soberanistas, hoy son 74.

El independentismo podría tomarse un tiempo de reflexión, especialmente si el gobierno del PP —derecha— en Madrid deja claro que en caso de secesión vetaría el ingreso de Cataluña en la UE, lo que haría muy poco atractiva la independencia a la burguesía catalana. Pero hay que ver estos espasmos no sólo como anticipo de agonía ibérica, sino como parte de los realineamientos políticos y territoriales que dibujarán un nuevo mapa continental en este siglo. Ello no significa que el sentimiento europeísta vaya a morir; al contrario, Escocia, Cataluña y todos los nuevos Estados quieren formar parte de una Europa con entidad política propia, pero repensando el quién, cómo y dónde de sus elementos integrantes. Las piezas del rompecabezas buscan todavía su lugar y España puede salvarse como el Estado de todos sus habitantes, pero sólo si se reconoce la existencia de una sociedad plurinacional entre nosotros.

  • Miguel Ángel Bastenier* | Elespectador.com

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sarcasmo1

Mar, 12/04/2012 - 22:54
Que se descuide bogotá y su clase política y vera que se le separa media Colombia, particularmente las políticas centralistas dejan aisladas las periferias, ese lastre se heredó de la corona española y es evidente que en Colombia cada vez son menos regiones las que se sienten identificadas por una élite que sólo piensa en sus intereses mezquinos, el secesionimo ha hecho carrera en las costas, en nariño y naturalmente en las islas, creo que la cohesión solo se da efectivamente entre paisas y rolos por motivos meramente económicos sino fuera de ese modo hace rato que la antioquia federal sería una realidad consumada.
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Boyancio

Mar, 12/04/2012 - 03:57
La solución sanguína a través de la historia en Europa sea la guerra, más las pestes, y la colonización allende los mares, sumercé,, el principal ingrediente es la juventud que ahora no tiene, ni guerra, ni enfermedades, ni para dónde salir, y sin trabajo, oye, yo te digo que bueno es aprender del rebusque, di tú que te acomodes en la informalidad, namá. Y en cuanto a la autonomía, pues por esa falencia es que estamos como estamos en esta Franja Caribe, ahora con menos mar, pero con la pingarria de siempre al sonar los tambores mi negra se amaña a lo bien sabroso...¡ayyy!
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miguelitoun

Dom, 12/02/2012 - 21:47
Yo estoy a favor de la independencia.... si Antioquía se quiere ir vayan, si San Andrés se quiere abrir, bienvenido sea.... Si Catalunya se quiere independizar que lo haga.... en todo caso no dejar de ser un detalle barro el hecho de que se independicen cuando España está viviendo una crisis tan hijuepuerca... como dice el dicho: "cuando el barco se hunde las primeras en irse son las ratas". Antes de la crisis cuando todos los españoles creían que España iba a entrar en el primer mundo (falacia alimentada principalmente por algunos éxitos deportivos -por que le economía era evidentemente de paja-) todos estaban orgullosos de ser españoles.... hoy en día el catalán se dedica a echar en cara que Puyol y Xavi son catalanes y que sin ellos la roja no habría ganado nada. Españoles fantoches..
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panagabo

Dom, 12/02/2012 - 16:04
¡ Hombre ! A mi lo que mas me preocupa es que el Barcelona Futbol club NO podra jugar en la liga española . Por lo demas me importa un carajo
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jaimedecimo

Dom, 12/02/2012 - 04:48
El Reino Unido no adptó el Euro, porque ellos sabían lo que iba a pasar y era una magnifica oportunidad para convertirse en el nuevo paraiso fiscal de Europa.
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