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Héctor Abad Faciolince 13 Oct 2012 - 11:00 pm

Europa, Europa

Héctor Abad Faciolince

Son tantos los logros científicos, artísticos, humanísticos de Europa, que quizá los mayores defectos de este continente extraordinario sean la vanidad y la arrogancia.

Por: Héctor Abad Faciolince

El antídoto contra estos defectos es algo que la misma Europa de la Ilustración desarrolló: el pensamiento crítico. Por eso no me ha parecido mal que muchos hayan recibido con rabia el Premio Nobel de la Paz a la Unión Europea: su crítica es hija de ese pensamiento escéptico, que intenta ver siempre el lado oscuro e insatisfactorio de las cosas. ¿Nobel de la Paz a una de las zonas que más armas exporta al resto del mundo? ¿Nobel de la Paz a quienes no detuvieron las masacres étnicas en los Balcanes, a quienes ayudaron a invadir a Irak y a quienes mantuvieron en el poder a Gadafi? En realidad, ninguna región del mundo puede proclamarse perfecta, y Europa está muy lejos de serlo, pero entre los experimentos políticos y sociales de la humanidad, ninguno se ha acercado más a la justicia que esta Europa construida con tantos esfuerzos desde el final de la Segunda Guerra Mundial.

La misma Fundación Nobel es el ejemplo más claro de las contradicciones de Europa: el dinero ganado con un invento formidable, la dinamita, atormentaba a Alfred Nobel por los usos bélicos que podían dársele a un desarrollo científico que pretendía fines nobles (abrir carreteras, túneles, facilitar excavaciones). De lo benéfico puede siempre hacerse un uso perverso. El inventor de las tijeras no podía prever que este utensilio tan útil para cortar tela podría usarse también para matar a la suegra. Los conservadores culturales atacan siempre eso que dudan en llamar progreso por los usos dañinos que se les pueden dar a los avances técnicos. Si uno dice que en Europa se inventaron las vacunas y los acueductos, ellos aducen que uno de cada cien mil niños queda paralítico después de vacunarse contra el polio, o que algunos se ahogan en las piscinas que se llenaron con el agua limpia. Si uno menciona el tren, la aviación, los automóviles o las bicicletas, ellos sacan las estadísticas atroces de los accidentes de tránsito.

Europa es culpable de muchas cosas cuyas consecuencias culturales son difíciles de juzgar. Culpable, por ejemplo, de la difusión mundial del cristianismo y de la consecuente aniquilación (en América) de las religiones indígenas. Uno podría discutir si la religión del amor al prójimo no es moralmente superior a la religión de los sacrificios humanos. Pero está claro que imponer la religión del amor al prójimo matando al prójimo es una contradicción en sí misma, difícil de defender. También es culpable de la difusión de las lenguas europeas (inglés, español, portugués, francés) en todos los continentes. Esto antes se celebraba como una maravilla (¡oh, el hispanismo!), pero la actual lingüística nos dice que no hay lenguas superiores.

Sin embargo hay valores menos discutibles entre los difundidos por Europa en el resto del planeta: la democracia y el ideal de los derechos humanos (es decir, el de la igualdad de todos los hombres). Un continente que fue racista y autoritario, fue capaz de engendrar esos ideales humanistas de la Ilustración que son los que más progreso moral han traído en toda la historia de la tierra.

En realidad el Premio Nobel de la Paz no es un premio a los ideales de la cultura occidental. Lo que se premia es un hecho: la unión política, económica y social que ha producido el período de paz más largo de toda la historia de ese continente sanguinario y guerrero. Desde la época romana, y desde antes, Europa no conoció sino miles de guerras. Sólo en el siglo XX hicieron dos: la primera con 16 millones de muertos; la segunda con 55 millones de muertos. Pero desde 1945, con la Unión Europea, ese continente ha visto el período más pacífico de su historia. Y esto es bueno recordarlo ahora cuando —con la crisis económica— algunos quisieran regresar a los estados nacionales del siglo XIX. El Premio Nobel es una señal para que no retrocedan.

  • Héctor Abad | Elespectador.com

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