Por: Paloma Valencia Laserna

¿Existe el pensamiento de derecha e izquierda?

Siempre es interesante observar cómo, en general, las personas que comparten una ideología resultan afines —sin ponerse de acuerdo— con ciertas posturas. Aunque no es fácil detectar la regla de pensamiento, pues a veces hay aparentes contradicciones, hay algo que perdura; sólo así se explica que ante diferentes situaciones los grupos que soportan una posturas terminen coincidiendo.

Quienes nos oponemos a una negociación con las Farc sostenemos que los narcoterroristas no pueden tener vocería para tomar decisiones políticas sobre el desarrollo del país. La violación ininterrumpida de la ley que proscribe el terrorismo, el secuestro, el asesinato —conductas usuales de ese grupo— no puede dar lugar a la consolidación de una personería política democrática. Es el límite primordial de la democracia; la política no se hace con las armas, sino en las urnas. La violencia no puede ser vehículo para las causas políticas.

Quienes se muestran favorables sostienen que la terminación del conflicto nos acerca a la paz, que es un valor primordial. Aproximarse a él justifica, no sólo el perdón del crimen, sino la inclusión política de sus gestores. Sostienen además que sólo una negociación así será capaz de terminar el conflicto, y encaminarnos en la búsqueda de la paz.

Los mismos que pedimos el respeto a los límites impuestos por la ley, pedimos que se desacate el fallo de La Haya. Y quienes consideran deseable la flexibilización de la ley para personar e incluso incluir en la política a reconocidos criminales, abogan por la defensa de la decisión de la Corte.

No es fácil dilucidar este escenario aparentemente contradictorio, pero sabemos que ambas ideologías están defendiendo valores que consideran jerárquicamente superiores.

En el tema de la paz hay varios valores confrontados: la posibilidad de la paz frente a la pérdida de la legitimidad del Estado de tener el monopolio de la fuerza. La cesación de parte del conflicto armado, frente a la capacidad del Estado de imponerles la ley a los ciudadanos. La búsqueda de la paz como justificación de las concesiones, frente al peligro de que en Colombia se perpetúe la violencia como herramienta política.

En el segundo caso vemos la reputación internacional del país confrontada con el respaldo a causas nacionales. La confianza en la justicia internacional, frente a las fallas prácticas que tiene nuestra organización como país para tomar parte en ella. La confianza de que la paz entre los países pasa por la existencia de un gobierno de las naciones, frente a la idea de que esa organización no reemplaza el poder de concertación de los estados, ni sus decisiones políticas.

Ambas posturas buscan el bienestar del país, y hunden sus raíces en la reflexión sobre los grandes problemas que nos aquejan. En ese sentido deben considerarse. Sin embargo, el debate también debe incluir las consecuencias a largo plazo de las decisiones; la derecha parece privilegiar el largo plazo, en tanto que la izquierda se perturba por las realidades que nos aquejan de manera más inmediata.

Nota: agradezco a la Sociedad Colombiana de Prensa, en cabeza de su presidente, Alfonso López Caballero, su generosa distinción con el Premio Nacional de la Comunicación y el Periodismo Alfonso López Michelsen; y a los lectores y oyentes que me enaltecen y estimulan con su respaldo.

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