Por: Francisco Gutiérrez Sanín

La fábula del conejo carroñero

He buscado varias veces en la red —ese nuevo oráculo, sólo que con una tasa de aciertos sorprendente— el significado de la expresión “poner conejo”. Básicamente, quiere decir “engañar”, “estafar”. Algún español la traduce a otro refrán más universal para los hispanoparlantes: “dar gato por liebre”. Es decir, prometer una cosa y en su lugar entregar otra de mucha peor calidad.

No hice la búsqueda por ocioso, ni por haber olvidado mi repertorio básico de expresiones colombianas, ni por haber descubierto tardíamente la vocación de filólogo, sino para estar completamente seguro de lo que están tratando de decirnos los uribistas con su peregrina simbología. De decirnos por medio de alaridos, claro, como acostumbran hacerlo (Óscar Iván tiene razón en que perdió la Presidencia por un video, pero no fue el del hacker, ese del que después dijo que no sabía si él era él, sino el de la loca de las naranjas). Lo que nos están diciendo a los gritos es que se sienten estafados.

A mí me parece que es lo contrario: que la comunidad del conejo nos estafó a todos. A los del Sí y a los del No y a los del tal vez. Y entonces el primoroso conejito que se clavan en la solapa los representa lo más de bien. Tengo, para apoyar esta opinión, muchos argumentos; escojo aquí por razones de espacio sólo dos. Ambos archiconocidos y reportados por la prensa en todos los tonos. Primero: los uribistas discutieron ardorosamente cómo iban a participar en el plebiscito. Habían visto las encuestas, y se dieron cuenta de que la gran mayoría de los colombianos estaban con la paz. Ellos no. Entonces un pepazo de Uribe solucionó el problema: irían por el No, pero en defensa de la paz. Sí: una idea brillante. Pero fue en el curso de la campaña que descubrieron el ardid. Lo complementaron con mentiras agresivas, diseñadas explícitamente para producir rabia entre la población, como lo confesó, llevado por la adrenalina, el embustero Juan Carlos Vélez. Ahora sale Paloma Valencia, junto con otros parlamentarios de la comunidad del conejo, a bramar porque los firmantes del proceso de paz no se plegaron a sus demandas. ¿Ah sí? ¿Cuáles? ¿Las que presentaron antes o después del triunfo? Porque las segundas no tienen el respaldo de seis millones de votos; de hecho, no tienen el respaldo de ninguno. De paso, les sugiero a los periodistas acuciosos que hicieron excelentes comparaciones entre las dos versiones del acuerdo que contrasten lo que exigió la campaña del No antes (demandas genéricas, gaseosas) y después de su triunfo (específicas, y muchas orientadas a favorecer su clientela). Lo que no se dijo durante la campaña ni siquiera debió ser considerado; y es mucho.

Segundo: los uribistas han denunciado sistemáticamente cualquier escenario en donde el proceso pueda ser validado. Porque antes de decidirse a participar, y durante toda la campaña, el uribismo se dedicó a denunciar al plebiscito judicial y políticamente. Quedó por eso en el trance ridículo de rogar que la Corte Constitucional no les hiciera caso a sus propios argumentos para tumbar la elección una vez la ganaron. Antes, cuando no había triunfado por el cerrado margen de 50 mil votos, lo que por arte de magia convirtió al plebiscito en un magno torneo democrático, lo habían denunciado como un golpe de estado, el anuncio del establecimiento de una dictadura al estilo venezolano, y todos los etcéteras que el lector pueda recordar. Ahora el Congreso, al que defendían apenas ayer como el último bastión ante el avance de la chusma castrochavista (representada por la canciller, Bruce MacMaster y Martín Santos...), ya les pareció ilegítimo.

Mucha mala fe junta. Hay que decirles a estos buitres disfrazados de conejos que paren de autocompadecerse y que, literalmente, nos dejen en paz.

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