Miguel Ángel Bastenier 5 Mayo 2012 - 12:30 am

La familia real española

Miguel Ángel Bastenier

Durante décadas la prensa española ha observado un tácito acuerdo de respeto a la familia real.

Por: Miguel Ángel Bastenier
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Sus miembros no daban escándalos como los Windsor en Inglaterra, no se divorciaban, mantenían un comportamiento muy profesional, hacían los viajes que tenían que hacer, inauguraban lo que tenían que inaugurar, decoraban con esmero las actividades que se les asignaban y encima no eran excesivamente caros para el erario público. Pero todo eso cambió súbitamente en las últimas semanas.

Hace algunos meses se produjo el divorcio de la infanta Elena, que en retrospectiva puede verse hoy como un aviso, aunque entonces se asimilara, como la modernidad exige, y en cualquier caso la separación no afectaba a quien más importa, el heredero, Felipe, Príncipe de Asturias, felizmente casado con la ‘commoner’ Letizia Ortiz. Pero de entonces acá los acontecimientos se han precipitado y la prensa de información general ha abandonado, unos más y otros menos, una reserva que posiblemente nunca debió haber adoptado.

El último avatar ha sido el safari de don Juan Carlos a Botsuana, en el África Austral, a cazar elefantes. Parece que la correría no era a cuenta del presupuesto español, sino que un anónimo emir del Golfo se había hecho cargo de los gastos, pero eso mal arregla las cosas. Cuando la crisis desahucia a los no privilegiados, desemplea a casi seis millones de españoles y causa gravísimos problemas para llegar a fin de mes a una mayoría de ciudadanos, y las perspectivas para este año y el siguiente o son igual de malas o peores, la opinión no podía ver con buenos ojos que el Rey se entretuviera disparando a los grandes paquidermos, y eso sin contar lo mal que les sienta a los amantes de los animales, cuyo crecimiento en España debe ser exponencial por la furia con que arremeten contra la fiesta de los toros, que los cacen impunemente a escopetazos.

Tras unos días de indecisión, y mientras una parte de la prensa recogía el sentir entre indignado y dolido de buena parte del país, y los órganos autoproclamados de la monarquía trataban de quitarle hierro al asunto, Juan Carlos I apareció en televisión para hacer algo parecido a pedir perdón. Medio entrecortadamente y reduciendo la petición de excusas a un mínimo de coherencia y explicación, dijo que lo sentía. Los partidos ‘dinásticos’, Partido Popular en el poder y PSOE en la oposición, se dieron rápidamente por satisfechos, aunque no todo el arco político les imitara. Izquierda Unida (comunistas y aliados) expresó lo que sentía una parte de la ciudadanía haciendo público que no había sido suficiente, pero ahí quedó la cosa.

Lo más grave viene coleando desde hace semanas y el martes pasado llegó a un alto punto de fricción. El yerno del Rey, Iñaki Urdangarín, casado con la infanta Cristina, se confesaba virtualmente culpable de un enjuague económico, descubierto recientemente, en el que había echado mano de millones de euros de fondos públicos. Y lo hacía tratando de llegar a un acuerdo con la Fiscalía para restituir todo o parte del dinero, a cambio de denunciar a quien correspondiera, y no ser juzgado, con lo que se evitaba el riesgo de ir a la cárcel. Y lo que mucha gente se pregunta hoy es cuánto sabía el Rey de los manejos de su yerno, que no podía ser poco porque en 2006 ya le había pedido privadamente que dejara de hacer negocios en España, así como en qué medida está relacionada la infanta con semejantes ‘manualidades’.

El daño para la monarquía es aún difícil de valorar, pero existe. El pueblo español no es intrínsecamente monárquico. Ha habido hasta ahora un afecto por don Juan Carlos, pero muy a título personal, especialmente por su conducta en el 23-F de 1981, el intento de golpe de Estado militar, en el que se decantó por la democracia y fue decisivo para desarticular el putsch. Pero esa imagen queda ahora relativamente desdibujada. Un político del catalanismo moderado, Francesc Cambó, interrogado antes de la proclamación de la república en 1931, sobre si era monárquico o republicano, respondió con la agudeza que le caracterizaba que era “accidentalista”; es decir, lo que le pareciera mejor en cualquier momento para Cataluña. Eso define muy bien el sentimiento general español hacia la institución. Los españoles pueden ser o dejar de ser juancarlistas más que monárquicos strictu sensu. Y la lealtad que aún puedan profesar al Rey no es necesariamente transmisible, como el trono, a su hijo Felipe; para ser Rey de España con la aprobación del pueblo, hay que ganárselo.

Y algo cabe decir en favor de la monarquía, compense o no el hecho singular de que uno herede un país a tenor de quien sea su padre, y es que en una realidad tan dividida como la española, ser Rey equivale a no ser de ninguna parte, a ser español en abstracto, mientras que un presidente de la República indefectiblemente sería de una u otra comunidad autónoma, nacionalidad o comarca aledaña, y eso en este país siempre es criticable.

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