Por: Juan Manuel Ospina

La fatídica herencia de las Farc

Las FARC en 60 años no hicieron su revolución pero sí nos dejaron organizadas y actuantes las fuerzas de una contrarrevolución que amenaza con sumirnos en un régimen para el cual no existen conciudadanos sino "amigos" y "enemigos"...

Las FARC en 60 años no hicieron su revolución pero sí nos dejaron organizadas y actuantes las fuerzas de una contrarrevolución que amenaza con sumirnos en un régimen para el cual no existen conciudadanos sino “amigos” y “enemigos”; un régimen azotado por los vendavales de una santa inquisición, de una cruzada contra “el mal”, alimentada por una intolerancia que pretende satanizar lo que no se adapte a su cosmovisión integrista y dogmática, cuando no francamente religiosa y moralista que no ética, que es un asunto diferente.

La negociación con las FARC es necesaria no porque hoy sean los principales factores de violencia, que ya no lo son, ni porque amenacen a la sociedad y al Estado, porque ya tampoco es así, sino para salvar a nuestra imperfecta democracia y la necesaria convivencia ciudadana de las garras del extremismo de izquierda y de derecha que en su estéril y ruidosa pelea de perros y gatos nos han sumido en la crispación, la polarización, la satanización recíproca - que usted es paraco; que usted es un comunista, amigo de las FARC – y en el medio, desconcertada y desorganizada, una ciudadanía que no gusta ni de paracos ni de guerrilleros, que quiere que en el país nos dejemos de agredir y de seguir botando corriente en unos combates ideológicos estériles en vez de unir fuerzas en torno a un proyecto nacional para enfrentar a nuestros verdaderos enemigos, identificando y fortaleciendo lo que nos une y no lo que nos separa. Unidos y con la voluntad de meterle el hombro a ese proyecto que es de todos, pues es falsa la premisa imperante del individualismo cerril: yo solo salgo adelante sin importar si a mi entorno y a los demás se los lleva el diablo.

Terminar el conflicto con las FARC es condición necesaria para dejar sin piso el proyecto contrarrevolucionario que a falta de la revolución fariana que no llegó, mina y compromete nuestro futuro como sociedad democrática y ética del siglo XXI y no la del XVI en tiempos de bárbara Inquisición. Para ello es necesario dejar de ver nuestra realidad, incluidas las FARC, con la perspectiva maniquea de buenos y malos, donde para los segundos no queda otro camino que el castigo “para expiación de sus pecados”. Sacarla de la nube venenosa de la ideología para aterrizarla en el escenario de las decisiones políticas y de las conveniencias nacionales en donde la guerrilla ya no es una mano de delincuentes y asesinos, sino un grupo que a pesar de la degradación que le ha acarreado una guerra interminable – que todo lo corrompe – es sin embargo un actor político armado, por equivocado que haya podido estar. Si esto no se acepta, la negociación no tiene ni sentido ni fundamento ético o político, pues con simples delincuentes no se negocia.

Este es el alma de la disputa entre las dos extremas: la visión que se tiene de la guerrilla. Para unos son combatientes de las causas populares, y para otros son simples facinerosos, a los cuales les debe caer todo el peso de la ley. Mientras, para la mayoría de nuestros conciudadanos – grosso modo, dos de cada tres colombianos – son compatriotas con los cuales hay que llegar a un acuerdo digno, necesario para cerrar este larguísimo y negro capítulo de nuestra historia que nada nos ha aportado y mucho nos ha quitado. Esa sería una visión realista, ni moralista ni ideológica, sino política.

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