Por: Juan Carlos Gómez

Feliz cumpleaños, Mr. Coase

En 1991, la Real Academia de Ciencias de Suecia le otorgó a Ronald Coase el Nobel de economía por sus descubrimientos acerca de los costos de transacción y los derechos de propiedad sobre la estructura y el funcionamiento de la economía. El galardonado, nacido en Inglaterra en 1910, emigró a Estados Unidos a principio de los años 50.

Su primer trabajo por el que empezó a ser reconocido en la élite universitaria de ese país fue un estudio en el cual criticó la manera caprichosa como la Comisión Federal de Comunicaciones (FCC) asignaba graciosamente las frecuencias radioeléctricas utilizadas en radio y televisión, sin ninguna consideración a su valor económico.

Ese estudio realizado en 1958, al que entonces no se le hizo mucho caso, hoy en día es referente obligado en la teoría económica aplicada a la valoración de esas frecuencias; cuestión que estará en la mira de la opinión pública colombiana cuando se decida en los próximos días el valor base de la subasta de 4G, que se llevará a cabo a comienzos del año entrante.

El próximo 29 de diciembre Coase cumplirá 102 años, con plena lucidez y persistencia en su actividad de investigación. Profesor emérito de la Escuela de Leyes de la Universidad de Chicago, Coase está próximo a iniciar otra aventura intelectual en compañía del académico chino Ning Wang. En la última edición de la revista Bloomberg Businessweek se reseña su proyecto de lanzar una publicación periódica dedicada a acercar la economía a los seres humanos y a la realidad.

La idea que inspira ese proyecto es la crítica a la “economía de tablero”, que ignora la influencia de la sociedad, la historia, la cultura y la política en el funcionamiento de la economía. Precisamente esa es la razón por la cual los reguladores económicos acaban atropellados por la realidad, como lo tuvo que reconocer Alan Greenspan —el entonces presidente de la Reserva Federal—, cuando ante la debacle financiera de 2008 afirmó que sí, que finalmente los mercados no se regulan a sí mismos.

Las autoridades económicas no suelen reconocer sus errores porque tienen la disculpa de que el poder político las captura.

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