Por: Andrés Hoyos

Festina lente

El oxímoron latino del título, muy apreciado por el emperador César Augusto, significa “apresúrate lentamente” y encapsula, creo yo, un problema muy actual: la vida es cada vez más rápida, pese a que casi nada derivado de la rapidez tiene valor perdurable.

Están las carreras de todo tipo en las que por definición hay que llegar primero a la meta, y están las máquinas que hacen cada vez más rápidamente las labores que los humanos les encomendamos. La digitalización del mundo contemporáneo ha creado una ilusión de velocidad permanente. Ya todo —nos dicen— será raudo; nada tomará tiempo. Bueno, apenas la vida toma tiempo.

Los mercados, ahora controlados en parte por máquinas, pueden dar brincos increíbles en centésimas de segundo, para no hablar de los cambios de valoración que caben en una jornada. Digamos, sin embargo, que uno entiende que los negocios sean así: la velocidad de transacción hace parte de su productividad. Lo que resulta mucho más cuestionable es que esta velocidad económica se apodere de nuestras vidas con tan poca resistencia.

En radio hay que contestar rápido, so pena de ser considerado medio sonso. Me han invitado en ocasiones y me ha sucedido que la respuesta de veras interesante, la que quizá hubiera zanjado alguna idiotez rauda que alguien dijo por ahí, me venga a la mente al día siguiente cuando me estoy duchando. Claro, no cometo la barbaridad de llamar a la emisora a decir: “ya lo tengo, ya lo tengo”, porque me enviarían directo al manicomio.

La comida rápida es hoy fuente de obesidad y de varias enfermedades. Aun así, tiene más éxito y vende mucho más que la comida lenta, la cual para defenderse ha tenido que conformar un movimiento internacional de gente sofisticada llamado Slow Food.

¿Un libro largo? Imposible, nadie tiene tiempo para leerlo, así sea magnífico. ¿Pero por qué sí hay tiempo para leer tres libros medianos y mediocres que sumados contienen más páginas que el libro largo rechazado? Aunque el cine es un arte maravilloso, tiene un reto muy difícil de superar: el de su propia velocidad. Sucede que cualquier película que dure más de dos horas y media ya es larguísima y esto obliga a contar todo en forma atropellada. Esta inevitable velocidad narrativa del cine, que no solía señalarse con claridad, ha sido puesta en evidencia por las largas y lentas series de televisión que duran entre 50 y 100 horas y que llegan a profundidades psicológicas y sociopolíticas con las que una película no puede ni soñar.

Pocas son las cosas que a estas alturas no están medidas en función del tiempo. Hay que resolver el problema antes que el otro estudiante, todo examen tiene un horario límite, los jueguitos de computador nos tasan según las estadísticas de duración. Los estudiantes que se gradúan jóvenes son considerados más inteligentes que los demás, sin que se entienda que lo único sensato es lo contrario: prolongar la vida de estudios en la que uno tiene libertades que luego la vida empieza a recortar sin piedad.

La velocidad a la que estamos sometidos no es inocua. No sólo es fuente de stress, sino que la acumulación de opciones hace que caigamos en lo intrascendente, en lo repetitivo. La suma de dos velocidades no da una lentitud. Clarice Lispector lo dijo de forma lapidaria alguna vez: “Cambie, pero comience despacio, lo que importa no es la velocidad sino la dirección”.

 

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