Por: Valentina Coccia

Fidel Castro: joven lector

Cuando Fidel Castro aprendió a amar la lectura todavía vivía allá en Birán, en la curiosa casita gallega que su padre había hecho construir a la orilla del Camino Real, por donde en ese tiempo pasaban las carretas que se dirigían a la capital.

La casa estaba construida en madera, y estaba sentada sobre pilotes. En el piso de abajo, como en los antiguos caseríos de la provincia de Galicia, dormían y se alimentaban los animales. También allí se ordeñaban las vacas, y se guardaba un corralito para los cerdos, y otro para las gallinas, pavos, patos e incluso algunos gansos. Don Ángel Castro había sido muy pobre allá en Galicia, pero en Cuba, poco a poco, logró ser dueño de su finca, y no solo, sino que también a los alrededores logró edificar una pequeña población.

Cuando le preguntaban al Comandante cómo había sido su infancia contestaba que allá en Birán había visto y aprendido todo sobre cosas justas y cosas injustas. El pequeño creció rodeado de la gente más humilde. Dentro de sus recuentos, Fidel recuerda a los compañeros de juego de cuadra: niños que andaban descalzos para arriba y para bajo y a los que a la hora del almuerzo, su madre Lina les mandaba una lata de comida. Con ellos iba a pie, nadaba en el río o cazaba pájaros, compartiendo todos las experiencias de la infancia. Fidel también recordaba a los desempleados que iban a hacer cola a los cañaverales, sin que nadie les llevara agua, comida, y sin que nadie les diera siquiera albergue. El alma del rebelde, de Fidel el revolucionario, se formó con las injusticias vistas en Birán, pero empezó a crecer cuando conoció la posibilidad de trasformar esa realidad: ese conocimiento le llegó a través de la lectura.

La Guerra Civil y la prensa: La comunidad española que había rodeado la hacienda de su padre era una comunidad pobre y casi del todo analfabeta. Fidel recordaba siempre a un asturiano que era el tenedor de libros en Birán, y que tenía una gran cultura: quedó sorprendido de que ese asturiano bajito hablara y supiera traducir más de siete idiomas. El futuro Comandante también guardaba relaciones con Antonio García, otro español, un cocinero cojo que vivía cerca de la casa de correos. Cuando empezó la Guerra Civil en 1936, García, republicano acérrimo y anticlerical rabioso, le pedía al pequeño Fidel, que por ese tiempo ya asistía a la escuela en Santiago de Cuba, que le leyera el diario. Es así que desde niño Fidel ya estaba entrándose de todo lo que pasaba por fuera de Cuba, más allá del mar abierto y de los paisajes que rodeaban la población de Birán, pero sobretodo ya aprendía sobre las pasiones que generaba la política, sobre las aberraciones de la ultraderecha y sobre la discusión que generaba la lectura de noticias como esas.

Conociendo a José Martí: Cuando fue adolescente, en medio de las aburridas clases de historia que impartían los jesuitas, Fidel se dejó cautivar por el personaje de José Martí. Leyó todos sus textos, y aún en sus últimos años conservó una imagen suya en su despacho, que quedaba sobre una de las grandes avenidas de La Habana. El joven Fidel admiraba a Martí por su espíritu rebelde. Muy joven, Martí ya había adivinado el fenómeno del imperialismo y si bien no era socialista, tenía simpatía por los más desafortunados y había armado un partido para liberar a Cuba. El espíritu de Martí se acomodó en la mente del joven como un gato: ocupando un espacio diminuto, casi invisible, pero siempre al acecho.

Jesús y el milagro de la Boda de Caná: La lectura de la Biblia era determinante en el programa escolar de la escuela de La Salle, y desde pequeño, Fidel, si bien afirmaba nunca haber sido religioso, también sintió admiración por la figura de Cristo. Jesús multiplicó los peces y los panes, sació el hambre de la población repartiendo dicha y gozo entre sus allegados. Además, en el Sermón de la Montaña, cuando la figura de Cristo brilla diciendo “bienaventurados los pobres que de ellos será el reino de los cielos” el futuro Comandante lo aprecia por su simpatía por los humildes.

Don Quijote de la Mancha: Según cuentan algunos de sus biógrafos, en su despacho, ya adentrándose en el otoño de su vida, Fidel conservaba una pequeña estatua de Don Quijote de la Mancha subido en el lomo de Rocinante. Los jesuitas solo impartían literatura española en las escuelas a las que Fidel asistió, y personalmente pienso que el Comandante se le pareció más a este personaje literario que a cualquier otro que pudiera vivir en su gran biblioteca. El caballero manchego vivía en un mundo de fantasías rodeado de los personajes que lo acompañaban en su silla de lectura. Un buen día, Don Quijote enloqueció: los libros ejercieron sobre él propiedades mágicas y le suscitaron el deseo de multiplicar los mundos que vivían en esos talismanes. Con espíritu valiente se abrió a los campos de la Mancha, y cabalgando llegó directo a la mente de Fidel Castro, que a través de sus lecturas cimentó el alma, la vida y el espíritu del mayor revolucionario de nuestra era.

@valentinacocci4   valentinacoccia.elespectador@gmail.com 

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