Por: Patricia Lara Salive

Fidel en persona

De improviso, alguien dijo "llegó” y todos se levantaron. Yo no sabía qué estaba pasando. El silencio se apoderó del salón de la casa de protocolo de La Habana, donde por esos días de 1982 se alojaba Jaime Bateman, quien había viajado a Cuba por asuntos médicos.

Yo, que también había ido a someterme a una intervención quirúrgica, visitaba a Bateman para comentar con él las reacciones que había suscitado en Colombia la publicación de mi libro de perfiles de los tres jefes principales del M-19, Siembra vientos y recogerás tempestades.

Fidel ingresó al salón. Una fuerza especial se apoderó del recinto.… Fidel saludó a Bateman con mucho afecto (era su niño consentido), tal vez lo abrazó, saludó a los demás colombianos y cubanos que lo acompañaban y, cuando llegó a mí, alguien le comentó que yo era la autora del libro. Entonces Fidel me dijo:

— Me gustó mucho tu libro. Pero en lo que no estoy de acuerdo es en la forma como presentas el 9 de abril. Tú no le das a esos acontecimientos la dimensión que tuvieron. Y ellos fueron casi una insurrección. Pero nadie mandaba… Yo lo sé porque yo estaba ahí…

Entonces este hombre altísimo, de un carisma incuestionable, que siempre habló de pie, inició un relato que duró más de una hora en el que contó paso a paso los hechos que le constaron del 9 de abril, sus intentos por canalizar la protesta, su encuentro con Jorge Eliécer Gaitán dos días antes de que lo mataran, en fin, su experiencia inolvidable de esos días infernales vividos por él en Bogotá y a partir de los cuales explotó la violencia en Colombia.

Luego, un par de años después, un 31 de diciembre, en la casa de protocolo de La Habana donde se alojaba Gabriel García Márquez, se repitió la historia: minutos antes de las 12, cuando en la fiesta se oían música, murmullos y risas, alguien dijo “llegó”. Entonces el silencio se apoderó del salón, y un magnetismo especial impregnó el ambiente, a tiempo que Fidel ingresaba para desearle un feliz año a su amigo y no desperdiciar la oportunidad de preguntarles, a cada una de las personas con quienes habló, todo lo que se le pasó por la cabeza. Porque Fidel parecía más un periodista, con ese modo suyo de preguntar y preguntar…

Esas fueron las dos veces que tuve ocasión de conversar con Fidel Castro. Las otras oportunidades lo vi de lejos, cuando pronunció algún interminable discurso o cuando fue ovacionado en Naciones Unidas después de su alocución como presidente del Movimiento de Países No Alineados.

Fidel era un líder inconmensurable, a pesar de sus incontables enemigos… Líder hasta el punto de que a base de inteligencia, de audacia, de conocimiento profundo de su contendor y de una inmensa capacidad política para conservar el fervor de sus seguidores, pudo mantener a raya a la primera potencia del planeta la cual, desde cuando la gobernaba Kennedy hasta cuando la gobernó Bush, durante medio siglo, hizo todo posible por matarlo, por acabar con su revolución o por invadir su isla, situada apenas a 90 millas de sus costas.

De Fidel pueden decir lo que sea: que su proyecto económico fracasó; que reprimió; que coartó la libertad de expresión… Pero hay dos cosas que tienen que reconocerle: que le dio salud y educación gratuita a todos los cubanos, y que a los latinoamericanos, y al mundo entero, nos enseñó lo que significa la palabra dignidad…

Paz en su tumba.

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