Por: Piedad Bonnett

A flor de piel

Prefiero la palabra negro a la palabra afro.

Es más contundente, más bella, más sonora que la palabra blanco. Pero entiendo por qué se apela a la noción de origen geográfico y no de raza. Aún en nuestra sociedad, que finge no ser racista, se insulta a veces llamando “negro” al negro. Generalmente, claro, con cualquier adjetivo infame añadido.

Pero hay otra razón por la cual se acude a la expresión “afro”: en un mundo sin discriminación el color de la piel debería pasar inadvertida. O si se me acepta la contradicción, debería verse sin verse. En un mundo ideal, sin prejuicios, donde todos nos consideráramos iguales, la raza, la condición económica o la inclinación sexual tendrían que ser datos que percibimos como parte del conjunto que toda persona es, al lado de su pensamiento, su simpatía, sus virtudes, sus creencias y sus defectos. 

Hablo de esto a propósito de la Cumbre Mundial de Líderes Afros en Cali y Cartagena, y del dislate —uno de los que ahora son frecuentes— del presidente Santos en dicha cumbre. Los que están comprometidos con el tema ya han opinado sobre lo que falta en la lucha por la abolición del racismo y por la inclusión y el mejoramiento de las oportunidades de la población negra. Menos gestos y más acciones del Estado, pide César Rodríguez Garavito. Tratar, con leyes, de desterrar el “racismo estructural” que padecen nuestros países, sugiere el uruguayo Jorge Romero. Que se apliquen los capítulos de la Ley 70 que siguen sin aplicar, reclama Jaime Arocha. Yo, que me acerco al asunto tan sólo desde el sentido común y la sensibilidad, quisiera presentarlo así: es necesario que los líderes de las comunidades negras se hagan ver hoy para que cada día que pasa logremos que no se “vea” el color de su piel, es decir, que éste no importe. Que hoy afirmen la diferencia para que mañana esa diferencia no exista. 

Sin embargo, los seres humanos somos libres de definirnos o no desde la raza, el género, la creencia. Ser negro, o mujer o ateo, es algo que uno puede anteponer a lo demás o no. Para bien o para mal, hay negros y mujeres y ateos que no actúan desde esa condición suya y eso hay que respetarlo. En La mancha humana, el novelista Philiph Roth no sólo se burla de los excesos de lo políticamente correcto, sino que muestra con inteligente ironía el complejo problema de la identidad. Coleman, su personaje, es acusado de racista por hablar inocentemente en clase de humo negro. Pero resulta que él es —aunque los demás no lo saben— uno de esos “negros de piel clara a los que a veces se les toma por blancos”. Y, sin embargo, no se ve esencialmente como negro, sino como un profesor judío. 

Que el presidente Santos afirme durante la cumbre que Alfonso Gómez Méndez y Amylkar Acosta son su cuota afro en el alto gobierno no sólo es un disparate, sino un acto de oportunismo y un irrespeto. Porque ellos no son ni han sido jamás representantes de la comunidad afro. Pero también porque Santos no tendría que hablar de ellos desde su raza —que, además, en una sociedad mezclada como esta no es fácil de rotular— cuando ellos mismos no lo han hecho. LOS ESTÁ USANDO.

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