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Lorenzo Madrigal 17 Mar 2013 - 11:00 pm

Francisco, el hombre

Lorenzo Madrigal

Curiosos símbolos acompañaron la renuncia intempestiva de Benedicto, que les cayó a los purpurados como un rayo —tales fueron las palabras del cardenal decano—, como también la elección del nuevo papa.

Por: Lorenzo Madrigal
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Fue lo primero un relámpago que se incrustó en la cúpula de Miguel Ángel, captado por las cámaras en medio del aguacero, y lo segundo, una paloma, o mejor, gaviota, que se posó en la vetusta chimenea de latón, por horas, mientras aparecía la fumata que anunciaría la designación del nuevo pontífice.

Hermosa simbología que en tiempos clásicos se atribuiría a Júpiter tonante y en épocas de la María de Isaacs al lenguaje admonitorio de las aves. Y, obviamente, en términos religiosos, a la figura representativa del Espíritu Santo.

Todos lo presenciamos, todos lo vimos y lo menos que puede decirse es que esto hacía parte accidental de lo que era un juego de símbolos, por lo demás, bastante divertido. Porque no otra cosa son las fumatas y el público expectante y la algarabía de gozo al producirse la humarada blanca.

Para mayor asombro, la paloma revoloteó en la noche en torno del humo y se marchó en vuelo alto. Misión cumplida. Así pudo verse en Caracol, mientras los tres periodistas, dos de ellos religiosos, cubrían los hechos vaticanos “desde todos los ángulos”.

La asombrosa masa humana, que estremeció inclusive a quienes mirábamos por televisión, con el contagio psicológico que es propio de estas efusiones colectivas, sobrepasó por fortuna los funerales del dictador venezolano y parecía, no disculpar, pero sí dar por sabido y juzgado el penoso historial eclesiástico de los últimos tiempos. La Iglesia pudo probar que vive o, mejor dicho, que sobrevive.

Me impactó esa multitud bajo paraguas; me divirtió la gaviota y, bueno, la aceptación personal de mi parte fue para Francisco, el hombre. Su gesto sencillo, la exclusión de adornos (¿qué va a hacerse con tantos ornamentos como los que desempolvó el papa Benedicto?), el hecho simple, por ejemplo, de desenfundarse la estola luego de dar la bendición apostólica y hacerlo en el propio balcón de la proclamación, como si fuera un asunto de sacristía. Imagino que se demoró en salir por el forcejeo entre quienes le tenían preparada la muceta roja y la negativa de Bergoglio a usarla. Tal puede presumirse vaya a ser la pelea que le espera con la curia romana.

***

Tanta sencillez me revivió una anécdota personal, cuando me presenté en una portería franciscana, en solicitud de un hábito que me sirviera para revestir a un modelo y pintar un cuadro —que pinté y me robaron—. Me atendió un ilustre teólogo, un hombre mayor, quien sin demorarse y sin conocerme mayormente, se despojó del hábito que traía puesto y me lo entregó.

  • Lorenzo Madrigal | Elespectador.com

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