Por: Felipe Zuleta Lleras

Fredeapoyo

No suelo utilizar esta columna para hablar de asuntos personales, pero hoy me tomo esta licencia por tratarse de un tema especialmente sensible en nuestra sociedad.

Se trata de una fundación que con un grupo de amigos hemos decidido crear y cuya sigla es el título de esta columna, que quiere decir “Frente de apoyo”.

La misma tiene como finalidad proteger a jóvenes, de todos los estratos, que son abusados por sus padres por ser homosexuales, o maricas, como les dicen. Muchos de los papás consideran que sus hijos son gays porque quieren, por moda, por que son pecadores. Más de tres casos, entre los 20 que hemos protegido, me han tocado el corazón de padre. El de Andrés, un joven universitario de 20 años, que ha sido permanentemente hostilizado por sus padres desde que, con valentía, les contó sobre sus preferencias sexuales. Frases como “usted es el demonio, un bueno para nada, una desgracia para su familia” son las palabras constantes, dolorosas, injustas y crueles que hieren a estos niños. Andrés es tal vez el mejor de su clase en las dos carreras que a su corta edad está por terminar. Pero eso no le sirve para nada, pues sus padres se sienten avergonzados de un hijo que es el alma de su clase, el ángel de sus compañeros y la felicidad de un viejo que, como yo, entendió lo que es el amor puro después de mucho tiempo. Gracias a Andrés recuperé el amor de mi hija María, quien hoy por hoy tiene a un hermano que la acompañará por el resto de su vida. Ellos se han adoptado mutuamente y lo han hecho conmigo. En esta relación no hay espacio para nada distinto que amarse, respetarse, cuidarse, protegerse, como lo hacen cada uno de los miembros de Fredeapoyo entre ellos mismos.

Caso parecido es el de Pipe, otro joven que vino al grupo pesando 6 kilos menos de lo que le corresponde por su tamaño. Con serios problemas alimenticios y con unos dientes a punto de caer como consecuencia de su desnutrición, Pipe hoy por hoy pesa lo normal y cuenta con una sonrisa angelical que le hizo el Dr. Christian Salazar, quien lo adoptó como a su hijo, hasta dejarlo volando como lo que es, como un ángel.

Guillo, otro más, fue sacado de su casa esta semana por su padre por considerarlo un enfermo, en los términos de la Biblia, un pecador. Guillo fue igualmente adoptado por Fredeapoyo y en tan sólo tres días logró concretar un trabajo que le permitirá vivir decorosamente hasta que su padre entienda que Guillo no es el demonio. La ignorancia, mezclada con los temores sociales, hacen que un padre se enceguezca a tal punto que es capaz de botar a su hijo de la casa.

Así las almas dañadas piensen que en Fredeapoyo sus hijos son abusados o tocados, se equivocan, porque allí lo único que se da es amor puro, amor que los padres les niegan a sus hijos de manera inexplicable. Y, lo peor, no quieren hablar con nosotros por miedo a reconocer que están equivocados mientras maltratan a sus ángeles. Sus hijos jamás dejarán de amarlos pues tienen corazón de niños.

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