Por: Nicolás Uribe Rueda

Fuero militar

No hace mucho tiempo, en Colombia ocurrían anualmente más de 28 mil homicidios, 3 mil secuestros, 1.700 atentados terroristas, más de 110 masacres y un número similar de ataques a poblaciones que quedaron destruidas.

Por aquel entonces, 400 alcaldes elegidos popularmente tenían que despachar desde las cabeceras provinciales o capitales de departamento porque eran asesinados si se atrevían a pisar el pueblo que los había elegido. Jueces, periodistas, magistrados, defensores de derechos humanos, sindicalistas y demás grupos particularmente vulnerables eran amedrentados, asesinados y obligados a abandonar el país. Nadie quería venir a Colombia salvo que fuera por obligación y los jóvenes que terminaban universidad tenían la idea de fugarse para buscar oportunidades en otras latitudes en donde emprender no fuera un riesgo. La inversión extranjera directa apenas superaba los dos mil millones de dólares y más del 70% de los colombianos de la época pensaban que las cosas en el país estaban empeorando. Colombia era calificada por académicos internacionales como un Estado fallido y había argumentos objetivos para pensar que no estaban equivocados.

Lo que pasó luego, todos lo sabemos, aunque no todos quieran reconocerlo. El éxito de la política de seguridad democrática permitió que Colombia se convirtiera en un destino privilegiado, en un país ejemplo y en una nación inspiradora, con grandes oportunidades para superar sus dificultades. Y por ello, más allá del reconocimiento que le corresponde al presidente Uribe, es a los miles de miembros de la Fuerza Pública a quienes debemos la posibilidad de vivir en unas condiciones de relativa tranquilidad, que hasta hace pocos años eran simplemente inimaginables. En la última década, y a medida que las condiciones que hoy vivimos se iban construyendo, 5.466 hombres de la Fuerza Pública fueron asesinados en actos de servicio, 18.150 fueron heridos en las mismas circunstancias y más de 5.200 fueron víctimas de explosivos y minas antipersonales, estratégicamente plantadas por los terroristas. En una sociedad más o menos razonable, un breve análisis de nuestra historia bastaría para comprender y comprobar la dimensión del compromiso de nuestra Fuerza Pública y el tamaño de su determinación para correr todos los riesgos que fueren necesarios para proteger la vida, honra y bienes de los ciudadanos.

Por eso, para los que tenemos algo de memoria sobre aquello que vivimos hasta hace apenas unos años, resulta inconcebible presenciar los términos en los cuales el debate sobre el fuero militar se ha venido presentando. Tratar a nuestros soldados y policías como delincuentes en potencia y al fuero militar como un instrumento al servicio de la impunidad y la barbarie, es simplemente un despropósito que solamente cabe en las mentes de quienes no quieren ver lo que en Colombia ha sucedido.

Lamentablemente, y a pesar de la evidencia, hay gente todavía que aún no diferencia entre quiénes eran los verdugos del pueblo colombiano y quiénes nos liberaron de su yugo.

@NicolasUribe

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