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Lorenzo Madrigal 28 Oct 2012 - 11:00 pm

'Gaudium magnum'

Lorenzo Madrigal

Para decirlo con el lenguaje de la Iglesia, fue un “gozo enorme” (“Os anuncio un gozo inmenso: tenemos papa”) el que representó para el país, tradicionalmente católico, la exaltación al cardenalato de monseñor Rubén Salazar, arzobispo de Bogotá. No soy el más adicto a jerarquías, aun sujeto a ellas, pero reconozco que este prelado despierta simpatías, para nada gratuitas.

Por: Lorenzo Madrigal

Una de sus notas en pro es la discreción en el ornamento; los altos jerarcas se adornan, al igual que los militares, en ocasiones solemnes. O, como decía una monjita amiga, cuando tocan duro las campanas. En el caso eclesiástico desfilan esclavinas, sedas y pluviales en hilos de oro, ostentosos sin remedio. Debe usarlos quien quiera que esté investido de la dignidad. El primado de Colombia no frecuenta ser proyectado con tales adornos ante las cámaras.

Muy poco ha reducido la Iglesia el gran fasto ornamental: el papa Paulo VI donó o mandó a los museos vaticanos una tiara impresionante de una sola comba (esto es, sin las tres coronas), en oro macizo, obsequiada a la sede apostólica. Juan XXIII alcanzó a usar la silla gestatoria con sus sedarios (cargueros) y flabelos (abanicos de avestruz), pese a su sencillez, pero quien la mandó a depósitos fue Juan Pablo II. Se dice que no está abolida del todo. Si se desmontó algo, ha sido poco. Proceso que se ha revertido en el actual pontificado, pero no son mi tema los ahora llamados “accesorios” papales. El boato de la corte vaticana, sin embargo, debo confesarlo para mi mayor confusión, me arroba. Muy posiblemente por un inveterado amor a la Iglesia.

Se habla de la bondad del señor Salazar, de su trabajo por los desplazados, de su sentido social, de ser fiel amigo de su clerecía. Su aspecto es sereno, su fisonomía no parece mutarse y hasta en lo gráfico, vaya, carece de desproporciones.

A los ojos del periodismo, se destaca la celeridad de su nominación para lucir el capelo. En esta columna esperamos por largos meses la exaltación de don Pedro Rubiano, demorada, quizás, por la precavida misión de los nuncios, luego de conocerse su rigor en la denuncia de ciertos jolgorios en Cúcuta y, más tarde, su incapacidad de asimilar el elefante que se coló en Casa de Nariño y que era visible desde los salones púrpura de la sede arzobispal.

Eficaz labor y larga permanencia es de desearle al nuevo cardenal de Colombia. Está en los setenta de su edad, de sabiduría bíblica. Ya se debatirán con mayor amplitud sus planteamientos y orientaciones sobre temas álgidos como el derecho de nacer y el derecho de morir, hoy sobre el tapete. Los acatarán los fieles, no lo dudo, así la Iglesia siga evolucionando en este y en otros temas de primer orden, con la lucidez del cardenal Carlo María Martini, para dolor inmenso, fallecido recientemente.

  • Lorenzo Madrigal | Elespectador.com

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