Por: Catalina Ruiz-Navarro

Gerundio e infinitivo

Desde 1997 la eutanasia está despenalizada en Colombia, gracias a la sentencia C-239, cuyo ponente fue el entonces magistrado Carlos Gaviria.

La sentencia, que en su momento fue pionera en el mundo, exhortaba al Senado a que “en el tiempo más breve posible y conforme a los principios constitucionales y a elementales consideraciones de humanidad, regule el tema de la muerte digna”. Desde entonces han pasado 15 años y aquí estamos de nuevo, esperando que el proyecto de ley pase en los debates del Congreso para que en Colombia, un país donde las muertes indignas se imponen a granel, quien lo quiera tenga la opción de pedir una muerte digna.

Como no existen protocolos ni reglamentación con respecto a la eutanasia, hoy en día ningún médico se atreve a practicarla públicamente. La práctica sigue existiendo, la eutanasia es transversal a tiempos y culturas, pero sucede entre secretos que permiten ejercicios peligrosos e ilegales que ponen en vilo las carreras de los médicos y no garantizan el buen trato a los pacientes. El proyecto de ley que se discute ahora en el Congreso es en extremo sensato: solo permite la eutanasia en casos de enfermedad terminal o lesiones sin posibilidad de mejoría, la petición debe ser voluntaria, preferiblemente por escrito, requerirá la autorización del médico tratante, de un médico independiente y de un consejo de psiquiatras. Si el paciente está inconsciente, el proyecto de ley reglamenta las condiciones para que los familiares soliciten la eutanasia. Finalmente deja claro que ningún médico está obligado a practicarla, los individuos pueden hacer objeción de conciencia.

Como sucede con todas las libertades individuales, que la eutanasia sea un derecho no es imponérsela a nadie, simplemente la convierte una opción. En los casos en los que la eutanasia trae el mayor beneficio a todos los implicados: cuando libera tanto al paciente como a sus cercanos de dolor y sufrimiento y a la vez no viola los derechos de terceros, no tiene por qué ser prohibida o penalizada. Ahora, quien juzgue que es mala moralmente puede, simplemente, no pedirla.

En el derecho a vivir está contenido el derecho a morir dignamente. Aunque la muerte es el exacto opuesto de la vida, el evento de morir hace parte de la segunda, en esa medida, tener el derecho a intentar vivir de la mejor manera posible implica el derecho a buscar morir en la forma menos cruel.

Hablar de eutanasia es hablar de autonomía moral y autonomía sobre el cuerpo. Cada individuo es su cuerpo y por eso es quien debe decidir qué pasa con ese cuerpo. Hablar de eutanasia es también debatir la pregunta sobre la existencia humana. Vivir no es meramente existir, sin poder moverse, pensar o interactuar, como una cosa que es pero que no hace. Dijo una vez el cronista Camilo José Cela que no es lo mismo estar durmiendo que estar dormido, o estar jodiendo que estar jodido. De la misma manera, no es lo mismo estar viviendo que estar vivo, pues vivir de verdad sólo se puede en gerundio y en infinitivo.

 

 

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