Por: Salomón Kalmanovitz

La gobernanza de las universidades

La buena educación requiere de buen gobierno.

Las mejores universidades del mundo tienen en común que no son democráticas: sus estamentos son consultados para la toma de decisiones, pero no tienen capacidad de gobernar y menos capturar las instituciones. El gobierno universitario reside en burocracias profesionales y consejos superiores que orientan el desarrollo de largo plazo, cuyos consejeros son nombrados por largos períodos, son especialistas escogidos por mérito y no pueden ser despedidos.

En estos consejos figuran muy pocos representantes estudiantiles que rotan anualmente y los senados académicos tienen más representantes con voz pero sin voto. Los trabajadores tienen sus sindicatos que negocian con el rector pero no pueden aspirar a cogobernar. Ni el rector ni los decanos son elegidos aunque los estamentos pueden proponer figuras que garanticen la buena marcha, el progreso y la seriedad de la universidad. Los profesores son escogidos por concurso y se excluye a los egresados de la misma institución.

En Colombia tenemos un sistema que no es democrático pues los rectores terminan siendo nombrados por el Gobierno, pero permite que los estamentos dominen la vida académica y administren un presupuesto que no es asignado según prioridades de largo plazo. En las universidades públicas regionales el gobernador puede nombrar a su camarilla en las posiciones más importantes, mientras que la contratación se la entrega a los que financiaron su campaña.

En los casos de la Universidad Nacional y la Universidad de Antioquia hay mayor independencia de la política clientelista externa, pero en ellas no falta el clientelismo interno, se ha perdido el control del orden público y proliferan el microtráfico, las ventas ambulantes, el desgreño y la suciedad. Grupos de combatientes contra la Fuerza Pública causan grandes pérdidas de tiempo a todos los estamentos sin que ellos puedan detener el vandalismo que también destroza los bienes públicos. El efecto ventana rota se acumula y deteriora el orden académico, tan importante para poder desarrollar el pensamiento riguroso y creativo.

Algunos decanos en las universidades públicas surgen de complejas negociaciones entre grupos de interés que eligen personas acomodaticias. Hay incluso directivos con más prontuario que curriculum vitae; pocos brillan por sus logros académicos y capacidad administrativa.

La selección de los estudiantes es estricta y sólo acceden los mejores, lo cual sigue siendo la gran riqueza de la universidad pública. Lo mismo aplica menos a los profesores pues se favorece la contratación de los propios egresados y de los que comparten las mismas ideologías, lo cual termina siendo degenerativo; los doctorados son tomados gratis y sin selección por los propios profesores, algunos tan mayores de edad que no serían admitidos en programas de calidad.

Susan Sontag solía decir que por sus baños los conoceréis. En varias universidades los sanitarios son un desastre: se roban los orinales y hay una falta de mantenimiento evidente o la contratación corrupta ha permitido la adquisición de equipos caros y de pésima calidad.

La deficiente administración es especialmente evidente en la UN, sede Bogotá, donde hay más funcionarios que profesores, lo cual no impidió el derrumbe de los edificios de artes y de cine ni que el de derecho se haya convertido en una ruina peligrosa.

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