Por: Álvaro Forero Tascón

Gobernar para las próximas generaciones o para las próximas elecciones

Gobernar para las próximas generaciones, o para las próximas elecciones, es lo que diferencia al estadista del político.

Cuando se gobierna pensando en el corto plazo, se buscan soluciones concretas, que son las preferidas de la ciudadanía porque producen efectos rápidos, a diferencia de las grandes reformas que son percibidas como anuncios. Con aquellas, los gobernantes obtienen réditos políticos inmediatos y se produce la sensación de gobernabilidad. Tienen la ventaja de que son de bajo costo político, porque no implican que los ciudadanos tengan que hacer sacrificios o cambios de fondo.

Sin embargo, las soluciones rápidas y visibles no atacan las situaciones estructurales que subyacen a los problemas. Generalmente parten de un diagnóstico simplista del problema y atacan los síntomas más que la enfermedad. La diferencia fundamental entre los gobiernos de Alvaro Uribe y Juan Manuel Santos está en ese aspecto, y el principal problema de percepción de Santos es que los colombianos somos adeptos al cortoplacismo. Por eso, al evaluar los tres años del gobierno Santos, esfuerzos de mejoramiento estructurales como la paz, las tierras, la infraestructura y la salud, fueron considerados simples promesas de difícil pronóstico, mientras que los paros y la falta de ejecución fueron presentados como históricos.

Eso explica que con los gravísimos problemas de la sociedad Colombia —la informalidad, el desempleo, la desigualdad, la falta de educación, el narcotráfico, el clientelismo, la ilegalidad y la violencia—, un gobierno considerado bueno (como el de Alvaro Uribe) sólo haya atacado uno de ellos. Casi sin excepción, las políticas de Uribe son insostenibles: la confianza inversionista, basada en las piñatas tributaria y minero energética, no producirá mejoramientos estructurales de la economía por el daño colateral que produce la revaluación y el desproporcionado costo fiscal; la cohesión social basada en asistencialismo, no produce un mejoramiento social estructural porque no asegura cambios autosostenibles como la educación; la seguridad democrática, basada en una aparato militar costosísimo, y no en la terminación del conflicto, no asegura mejoramientos sostenibles como muestran los hechos, especialmente en seguridad ciudadana.

Parte de las razones para que Santos haya cambiado políticas heredadas de Uribe, es que éstas eran insostenibles. Un ejemplo es la política de infraestructura. Santos está pagando un alto costo por dedicar dos tercios de su gobierno a solucionar los problemas de fondo de ese sector, que han demorado mucho las obras. Pero era necesario cambiar completamente las entidades, las formas de estructurar los proyectos, las condiciones de financiación y riesgo de las concesiones, los requisitos de los concesionarios, la relación del sector con la política, los volúmenes de recursos. Si Santos no gana la reelección, el próximo presidente podrá disfrutar los resultados del paquete de obras más ambicioso de la historia del país, más de cuarenta billones de pesos bien estructurados y bien ejecutados.

Porque la política de infraestructura, y la de paz, se planearon y ejecutan pensando en las próximas generaciones, y no en las próximas elecciones.

 

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