Héctor Abad Faciolince 6 Oct 2012 - 10:39 pm

Goliat Chávez y David Capriles

Héctor Abad Faciolince

El coronel Hugo Chávez es el demagogo perfecto. Tuvo la suerte, además, de surgir en el momento ideal y en el país preciso para poder ejercer su seducción populista, muy perniciosa, pero casi irresistible.

Por: Héctor Abad Faciolince
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Su populismo está apoyado sobre los hombros de un país que fue maldecido con esta bendición: tener un subsuelo lleno de oro negro. Flotando en este pozo sin fondo del petróleo y usando su verborrea de predicador, el coronel lleva casi tres lustros de mal gobierno.

En su delirante sueño bolivariano —embustes, fantasías, mesianismo barato— ha arrastrado a Venezuela y a una buena parte del continente americano a una supuesta revolución social que no es más que resentimiento, revanchismo clasista, racismo soterrado y la inoculación de un nocivo veneno mental: si eres pobre es porque otros te explotan y el Estado debe darte un subsidio cada mes, hagas lo que hagas y aunque no hagas nada. Los miles de millones de petrodólares no se usan para que el pueblo se eduque, para que tenga iniciativas culturales, empresariales o científicas, sino para que se acostumbre a recibir regalos y subsidios a cambio de votos y fidelidad política, nada más.

Llevo dos decenios yendo a Venezuela casi todos los años y nunca había visto el país más postrado, más deprimido, más deteriorado en todos los órdenes materiales, sociales y de seguridad. Claro, las famosas Misiones han llevado a los pobres algunos bienes y servicios: mediocres médicos cubanos que en cuanto pueden se vuelan, televisores, neveras y casitas de ladrillo y eternit, mercados baratos, lo que sirve para tenerlos llenos y contentos (pan y circo), pero no para sacarlos realmente de la miseria social y cultural.

Con la monumental chequera del petróleo (que durante su gobierno ha tenido los precios más altos de la historia) lo que ha hecho Chávez es crear un Estado gigantesco e ineficaz, acromegálico, y un país tan improductivo que debe importar el 80% de los bienes que consume, empezando por la comida misma y llegando hasta la gasolina, que también se importa y luego se regala. Chávez es el peor administrador de la historia de Venezuela. En un informe del diario El País se dan estas cifras: cuando el coronel llegó al poder en 1998, Pdvsa (la empresa estatal de petróleos) producía 3,5 millones de barriles diarios y para lograrlo empleaba 32 mil trabajadores. El año pasado produjo un promedio de 2,4 millones de barriles diarios y su planta de empleados había llegado a 105 mil. Los ministerios de Venezuela pasaron de 14 a 29 (y proporcionalmente aumentó el número de empleados estatales) y a esta expansión del sector público correspondió una reducción pavorosa del sector privado: en 1998 había 11 mil empresas y hoy hay menos de 7 mil, muchas de ellas expropiadas a la fuerza y sin indemnización por un gobierno arbitrario, lo cual ha acabado con la productividad. Para Chávez no hay problema en que los “boliburgueses” estatales hagan negocios (Venezuela es hoy uno de los países más corruptos del mundo) y en cambio los viejos empresarios son delincuentes y explotadores. De hecho, tiene a algunos en la cárcel por la sola culpa de haber sido ricos.

A este coronel inflado con esteroides, a este Goliat gigantesco y megalómano se le opone hoy un pequeño David, nieto de judíos perseguidos durante el Holocausto: Henrique Capriles Radonski. Para oponerse al demagogo perfecto, al populista dueño de la chequera insaciable, Capriles no ha enarbolado el discurso del odio, sino el de la justicia, las razones y la serenidad. Chávez lo tuvo preso, pero no pudo con él. En su sangre, al parecer, circulan genes de Bolívar (no hay cuña que más apriete que la del mismo palo). Mañana sabremos si la gran Marcha de Radonski —como la llama el escritor Ednodio Quintero— termina con la desgracia demagógica del coronel. Pero aun si no es ahora, la inmensa masa de los votantes de Capriles le harán entender al populista que su reino nefasto no es eterno, y tendrá fin.

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