Por: María Elvira Bonilla

La gota fría

Hace cuatro años., el 4 de noviembre de 2008, Nueva York era una fiesta. Barack Obama ganaba las elecciones.

 El lema del triunfo, “Yes we can” (sí podemos) se convirtió en el canto de esperanza que por esos días recorrió las calles de las ciudades y los pueblos norteamericanos. Se vivió la euforia de una gran fiesta de la política, cuyos protagonistas, los dueños de la victoria, eran por una vez los jóvenes, normalmente los más escépticos, los más defraudados con la política y los políticos, con su futuro en vilo en estos tiempos de crisis y desesperanza. Centenares de ellos salían alegres y atropelladamente de las bocas del metro para tomarse las calles del corazón de Manhattan. Jóvenes movidos por el entusiasmo que los había llevado a vencer su apatía política para estrenarse en el ejercicio de su derecho democrático con su voto por Obama. Iban a celebrar colectivamente en Times Square, Rockefeller Center, Union Square, un triunfo que sentían propio, el anuncio de un porvenir promisorio. Fue la capacidad de un líder joven y negro, con un discurso inspirador, la que puso a soñar a millones de norteamericanos.

Un fenómeno político encarnado en un hombre negro que logró sintonizarse con un país que necesitaba sacudirse la zozobra y el miedo que desde los ataques del 11 de septiembre George Bush se había dedicado a estimular como medio efectivo para mantenerse en el poder. Obama planteaba dejar atrás odios ancestrales, salir de una guerra, la de Irak, que no tenía sentido (como senador votó contra ella) e iniciar una difícil tarea para enfrentar la crisis económica que ya hacía estragos en la economía norteamericana y mundial, especialmente en el empleo. Obama, como buen político, interpretó la gravedad de la situación, la angustia de sus conciudadanos; se colocó por encima de las diferencias partidistas, le apostó a la diversidad racial, cultural y social y puso a los jóvenes a actuar. Y ellos le respondieron. Lo llevaron al poder.

Barack Obama logró revivir la pasión por la política, dignificándola al colocarla en la perspectiva del interés general. Una pasión que derrotó prejuicios y barreras ancestrales, raciales, de origen social, de color partidista, de amenazas terroristas, de estigmatizaciones y odios, expresada no sólo en las urnas sino espontáneamente con una fuerza vital insospechada, en cada esquina, en cada plaza de ciudades y pueblos a lo largo y ancho de la geografía norteamericana.

Así se vivió ese 4 de noviembre en Times Square. Un entusiasmo que ante los embates de la realidad, los imperativos de la política y las resistencias sociales al cambio, en buena medida se fue esfumando a lo largo de los cuatro años del gobierno de Obama. Se esfumó la magia del “Yes we can”. Y por eso sus posibilidades reeleccionistas están seriamente amenazadas el próximo 6 de noviembre. Ahora lo que cuentan son los hechos, las promesas no realizadas como gobernante. La frustración de un sueño. La gota fría de la realidad. Obama la tiene difícil porque la política es implacable. Allí estaré, como hace cuatro años, para contarles.

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