Por: Daniel Pacheco

La gran decepción de Obama

Nunca llegó al mundo “el nuevo amanecer de un liderazgo estadounidense”, como prometió hace cuatro años, en el discurso de victoria en Chicago, cuando todos nos frotábamos los ojos para confirmar si no era un sueño: un negro de papá keniano estaba siendo elegido a la presidencia de EE. UU.. Pero no es esa la gran decepción.

Tampoco que haya incumplido su promesa de hacer una reforma migratoria. Ni que tenga una lista de personas a las que puede matar a dedo, con un misil desde un avión no tripulado, así estén al lado de sus familias en, digamos, Pakistán. O que siga siendo cobardefrente a los pedidos reiterativos de Latinoamérica para reformar la lucha contra las drogas, que desangra a varios países del continente, mientras en su país él se queda de brazos cruzados ante la legalización de la marihuana en dos estados.

Había otra promesa, más amplia, más esperanzadora. La elección de Obama la englobaba, pero se trataba de un cambio que trascendía las fronteras de ese país. Clay Shirky, un sociólogo de las nuevas tecnologías, la captura bien en un libro que publicó ese mismo año, en el 2008, llamado Aquí viene todo el mundo: el poder de las organizaciones sin organizaciones. “Lo distintivo de esta revolución es que los fines de los revolucionarios no pueden ser contenidos por la estructura institucional de la sociedad existente”, dice Shirky acerca de cómo los nuevos medios como Facebook y Twitter, por ese entonces aún novedosos, podrían afectar el cambio social. Sigue: “El incremento de poder de individuos y grupos que están por fuera de la estructura organizativa tradicional no tiene precedentes. Muchas de las instituciones de las que dependemos hoy no sobrevivirán este cambio sin alteraciones significativas...”.

Con Obama esperábamos (con gran ingenuidad, en retrospectiva) un modelo de cómo se podría gobernar por fuera de las estructuras tradicionales de poder. Sin la intermediación y la curaduría de los medios masivos. Sin los favores a puerta cerrada de un político a otro. Sin los canales oxidados de la política tradicional. Su llegada al poder parecía ser el inicio de las “alteraciones significativas” que empezarían a suceder en el mundo, en parte por la combinación de tecnología y redes sociales, pero sobre todo por el ascenso de una nueva ciudadanía joven.

Pero en estos cuatro años todo eso se ha diluido en un liderazgo débil, que después de perder las mayorías en la máquina legislativa, quedó estancado. El presidente parece sufrir en ese fracaso, se obstina en no negociar con sus rivales, y sólo hasta el último minuto desencadena a su vicepresidente, o al mandado de turno, para que aceite los engranajes con manteca.

Incluso la máquina de campaña de Obama, la más formidable que haya visto cualquier democracia, que en las pasadas elecciones logró recaudar mil millones de dólares, superando a los magnates republicanos, y mantener la presidencia, parece hoy una nueva estructura tradicional y aburrida.

Pero no es tu culpa, Barack, contigo perdimos todos. Ahora, a despertar.

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