Por: Alfredo Molano Bravo

La gran partida

No hay duda: una de las cartas que está jugando Santos es la de la paz. También la de la guerra, por supuesto.

Es decir, todas las formas de lucha legales. Las ilegales siguen su curso aunque no sean manejadas por el Estado. Tampoco son controladas por la Fuerza Pública. La oposición a cualquier negociación crece. Uribe trina, El Colombiano da alaridos, José Obdulio y Fernando Londoño disparan columnas. La Ley de Víctimas, el Marco Legal para la Paz, el fuero militar son para ellos concesiones a las Farc. Creen a pie juntillas que Santos quiere poner a Timochenko en la presidencia del Senado. Todo les sabe a entrega de patria, a traición, a derrota, a deshonra. La condición previa que exigen para la paz es que las guerrillas entreguen las armas y acaten la ley. Lo mismo que han pedido siempre los “enemigos agazapados de la paz”, que por lo menos hoy dan la cara: la de Uribe y sus cinco áulicos. Hay otros que firman sin cédula y otros más que organizan operativos. Santos no los ignora. Trata de negociar con todos ellos en público: señores oficiales, no le teman a la paz; señores empresarios, la paz traerá más inversiones. Sabe que el miedo que tienen los militares no es a la paz sino a la merma de privilegios que traería, por definición, un arreglo definitivo con la guerrilla. Cierto que ese detrimento en honores e ingresos también se produciría si ganan la guerra. Por eso, una de las explicaciones sobre la duración de nuestro conflicto —en buena hora reconocido en la Ley de Víctimas— es la de los privilegios del estamento militar. La otra, sin duda, la parcialidad política del Estado en favor de los intereses del establecimiento, condensados en el Plan de Desarrollo.

Vistas así las cosas, al presidente le queda más fácil negociar con la guerrilla que con los militares, los empresarios y los gamonales para no terminar derrotado en otro Caguán. Fue esa carencia el verdadero obstáculo de la negociación entre Pastrana y Marulanda. El error del expresidente no fue el despeje de 30.000 kilómetros, fue no haber negociado previamente con el establecimiento y con los militares el precio que esas dos poderosas fuerzas estaban dispuestas a pagar. Pastrana se dio cuenta del error y trató de enmendarlo tardíamente fortaleciendo las Fuerzas Armadas y poniendo en manos de políticos y empresarios la suerte de la negociación. No sólo la jugada no le resultó, sino que los dos poderes le salieron adelante y eligieron a Uribe.

Es claro hoy que las guerrillas no llegarán a guindar hamacas en la Casa de Nariño; creo que tampoco sus jefes apuntan a desfilar triunfantes por la carrera séptima. Esa alternativa fue derrotada tanto en lo político como en lo militar. Pero los levantados en armas no están dando patadas de ahogado. Su estrategia visible es aumentar con acciones militares su poder de negociación, una estrategia idéntica a la del gobierno. El resultado ideal sería un empate relativo y por tanto un acuerdo de fondo. Pero Santos tiene aún la esperanza de negociar imponiendo sus condiciones. Así, la pregunta es: ¿cuál es el campo de acción que sus amigos y enemigos políticos —desde Obama hasta Uribe— le permitirían y cuya oferta pudiera ser aceptable para las guerrillas? No veo fácil resolver la cuadratura del círculo. En esta partida uno de los jugadores tiene que perder y pagar el costo de un arreglo. Me temo que no será Santos. En parte porque Uribe no va a terminar su vida respondiendo en La Haya sino internado en Sibaté, como dice Daniel Samper; y en parte porque, como dijo María Elvira Samper, estamos mamados de la guerra.

Nota. En Arauca y en Cauca ha comenzado la represión contra ciudadanos acusados de colaboración con la guerrilla. La detención de Neisair Ramos, Félix Manuel Banguero y los hermanos Rafael y Sergio Ulcué, dirigentes campesinos negros e indígenas, busca castigar sus denuncias y criminalizar la defensa de sus territorios.

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